Mulholland Drive - Bilbao (parte V)

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

Mulholland Drive - Bilbao (parte V)

¿Quién hubiera dicho que aquel muchacho inquieto se acabaría convirtiendo en uno de los seres más peligrosos del mundo? ¿Quién pensaría que tras esa cara de niño-viejo travieso (el idiota de D. F. Wallace) se oculta una de las mentes más preclaras de nuestro tiempo? Y, lo peor (¡lo mejor!), David Lynch sigue en activo, y su material se distribuye por todo el planeta. Su discurso y sus técnicas (alabado sea Burroughs), están al alcance de cualquiera. Cualquiera que se atreva a manejar semejante material, que no serán todos.

David Lynch es, sin duda, un Artista. Con mayúscula. Sin importar la calidad de cada una de sus obras, porque su vida (de la que su obra forma parte) es un conjunto mayor que cualquier producción pueda imaginar.

No me gustaría que se me malinterpretase. Al fin, David Lynch es un simple humano. (Ya se sabe, con perdón: caga el rey y caga el papa…) Volviendo a la pregunta con la que arrancamos este texto: ¿Qué puedes pensar cuando alguien como David Foster Wallace escribe sobre David Lynch y dice que no sabe si es un genio o un idiota (o ambas cosas a la vez)?

Para mí, Lynch es un hombre que se ha atrevido a vivir su vida sin dar la espalda al niño que fue, sin traicionar la naturaleza básica que le mueve, aunque al mismo tiempo ha aprendido a aceptar su mortalidad. (Como refuerzo a estas ideas toca repasar algunos textos fundamentales del psicoanálisis, y especialmente de su padre y fundador, Sigmund Freud).

DESCOMPOSICIÓN

Lynch, como Cronenberg, como el difunto Bigas Luna, son niños–viejos que gustan de explorar nuestros cuerpos (¡inolvidable “Crash”!) y tocar y remover todo aquello que entra o sale de ellos o que es susceptible de hacerlo. Éste no pretende ser un comentario especialmente escatológico, no en el sentido más mundanal del término (relativo a los excrementos y suciedades), que también.

Lo escatológico (es interesante ver la semántica de esta palabra), tiene que ver con las realidades últimas. Aquí me remito al inicio de este texto, y a lo dicho sobre la voluntad de Lynch de ir más allá y ver qué hay detrás de lo que vemos.

No olvidemos que Lynch se inició como pintor, pronto artista plástico y, acto seguido, creador de “pinturas en movimiento”. (Así las denominaba él), y que ya en esa temprana etapa se inició en la exploración de algunas de sus obsesiones. (Todo artista lleva un obsesivo dentro, de nuevo me remito a la etimología de la palabra obsesión para no demorarme más). ¿Quién no recuerda esos planos de rosquillas y otro tipo de elementos, en plena descomposición? Muy lejos de ser un detalle anecdótico de mal gusto, creo que forma parte del imaginario exploratorio del autor, y resulta necesario en cuanto recordatorio de que somos mortales, incluida la dimensión metafísica que esto pueda tener. (Otro inciso necesario: volvemos al Tempus Fugit y al Memento Mori).

A mí, estos planos de Lynch siempre me recuerdan a otros similares que aparecen en “Bilbao”, de Bigas Luna.Textura, materia, podredumbre… son cosas muy cercanas a nosotros y que, la sociedad bienpensante y políticamente correcta se esfuerza por ocultar, como si tal cosa fuera posible.

Dicho de otra manera: Lynch es tan sucio como quiere, o maneja el grado de suciedad a su antojo. Le puede salir mal, le puede salpicar, pero está allí, intentándolo. Y me refiero tanto a la calidad técnica como a los contenidos.

MEDITACIÓN

Una última reflexión: no me parece una cuestión baladí que utilicemos la misma palabra para nombrar lo más mundanalmente físico y lo más extremadamente espiritual.

Me gustaría traer a colación algo que durante mucho tiempo, sin ser un secreto, tampoco formó parte del acervo popular de la cinefilia. David Lynch lleva muchos años dedicado a la práctica de la meditación, algo no demasiado alejado del Cine, si lo pensamos seriamente. (Impagable “Catching the Big Fish”, el libro de Lynch sobre meditación, consciencia y creatividad).

Esto no tiene nada que ver con una curiosidad frívola o una pose de famoso frente a la prensa gacetillera. David Lynch es consciente de que si no hubiera practicado meditación durante todos estos años no hubiera podido soportar la carga que él mismo se ha impuesto. Y nunca lo ha dicho desde el masoquismo ni el sufrimiento, sino desde el agradecimiento.

LA REALIDAD NO ES PARA SIEMPRE

Lynch se ha permitido ser un adulto sin dejar de ser un niño. Gracias a eso hoy podemos disfrutar de un corpus de trabajo extenso, complejo y extremadamente rico. (Y, si tenemos suerte, de alguna sala de cine en el que verlo).

Su obra no ha terminado y, sinceramente, desearía (desde mi lado infantil más neurótico) que no terminara jamás. Lynch morirá, lo sé (espero que dentro de muchos años), pero su filmografía, sus fotografías, sus pinturas, su café, su restaurante y hasta sus trajes de baño permanecerán con nosotros durante tanto tiempo como deseemos. Así que, al final, está en nuestras manos.

 

Otros artículos de la colección "Mulholland Drive - Bilbao": 

1. Mulholland Drive - Bilbao: Parte I

2. Mulholland Drive - Bilbao: Parte II

3. Mulholland Drive - Bilbao: Parte III

4. Mulholland Drive - Bilbao: Parte IV

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