Mulholland Drive - Bilbao (Parte IV)

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

Mulholland Drive - Bilbao (Parte IV)

No está en mi ánimo analizar toda la obra de este cineasta: es una tarea que resultaría a todas luces excesiva y fuera de lugar. Sí, como apuntaba al inicio del texto, compartir unos pensamientos que nos ayuden a dibujar mejor el panorama cinematográfico en el que vivimos y la imagen de la realidad que retratan.

La trayectoria de Lynch es larga: lleva más de cuatro décadas en activo y, aunque se prodiga menos en cuanto a largometrajes se refiere, sigue creando a buen ritmo, sea en otras disciplinas artísticas o con piezas audiovisuales de menor duración. En ese tiempo ha tenido oportunidad de plantearse y replantearse las preguntas que para él son fundamentales, en ese momento espiral del que hablaba antes.

Sin embargo, puedo que lo que mejor sintetice el conjunto de su obra sea la llamada “Trilogía de Los Ángeles”, constituida por “Lost Highway” (1997), "Mulholland Drive" (2001) e "Inland Empire" (2006).

Aunque formalmente no esté ideada como tal. Un simple ejemplo que ilustra los tortuosos senderos de la producción audiovisual: Mulholland arrancó como proyecto de serie televisiva y, tras varios desacuerdos y rupturas, se reconvirtió en película.Vemos una trilogía donde su autor tal vez no la imaginó jamás. En cualquier caso, sí es cierto que estos tres films planean sobre un territorio común, tanto geográfico (Hollywood y alrededores) como metafórico (la industria del entretenimiento) y emocional (viajes exploratorios a la psique de los protagonistas).

CÓDIGOS

Con el tiempo Lynch ha creado sus propios códigos, apoyados por una iconografía que se repite con variaciones, aunque resulta fácilmente reconocible si uno está familiarizado con sus películas: cortinas rojas, luces que parpadean, distorsiones en la banda sonora…

Aunque ha hecho mucho más. Lynch ha desandado cien años de cine para volver a lo básico, al principio del cinematógrafo. Un tiempo en el que no existía un lenguaje visual (enseguida audiovisual) establecido, y en el que cada cuál exploraba modos y maneras de manejar el nuevo medio.

Eso fue antes de que la industria impusiera una manera de contar estandarizada, una decisión tomada más desde el prisma del negocio y el capitalismo industrial que desde el de la narrativa. La imposición del modelo de Hollywood conllevó la adopción como modelo narrativo del llamado montaje de transparencia (al menos en los países occidentales). El nombre no deja de ser un eufemismo: la tal transparencia se traduce en invisibilidad o, mejor dicho, en ocultación al espectador de una de las mecánicas básicas del cine: el pase de un fotograma a otro y, sobre todo, del montaje (empalme de dos planos distintos).

EN EL INTERIOR DE LA MENTE

Lynch se ha propuesto fotografiar y narrar algo impensable, físicamente imposible. Lo que él quiere es registrar los procesos mentales, o la percepción subjetiva y distorsionada de sus protagonistas.

Y, probablemente, el cine sea el mejor medio para llevarlo a cabo. Lynch ha vuelto a los principios fundamentales porque son los que le permiten expresar, comunicar y transmitir sensaciones subjetivas al espectador. El cine de Lynch se ha convertido en el cine del terror (no “de terror”). Si en “Blue Velvet” y posteriores se dedicó a explorar la temática oscura ya mencionada y a trabajar sobre ella a través de aspectos narrativos, con la trilogía de L.A. va un paso más allá y convierte el visionado de la cinta en contenido y experiencia.



Lynch ha recuperado el arma más poderosa que construimos en el siglo XX. Y no, no me refiero a la bomba atómica. Ese artefacto sólo destruye. (De acuerdo, su amenaza crea miedos, pero lo de Lynch va más allá). Nunca más estaremos seguros de qué estamos viendo, ni en qué nivel de realidad nos movemos, porque cada cambio de plano, cada fotograma que sustituye al anterior, puede suponer un salto a otra dimensión.

(continuará…)


 

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