Mulholland Drive - Bilbao (parte III)

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

Mulholland Drive - Bilbao (parte III)

A Lynch se le puede tachar de muchas cosas, pero no de “no haber hecho los deberes”. Independientemente de su capacidad para jugar con texturas y aparentes defectos de imagen (ahí está “Inland Empire” como máximo exponente, que no único) hay que decir a su favor que los utiliza de un modo voluntario y “consciente”. Lo entrecomillo porque, hablando de Lynch, este adjetivo siempre tiene que aplicarse con muchas reservas.

En realidad, y más allá de la supuesta extravagancia que supone jugar con la suciedad de la imagen, toda su producción destila un aire de excelente pulcritud. Y es que Lynch no es un artista de esos que, bajo la excusa de ser “alternativo”, oculta carencias técnicas. Tampoco es un esteticista, pero sí un amante de la imagen, y por ello cuida todos y cada uno de los fotogramas de su obra en función de lo que quiere expresar. Las películas de Lynch son de una gran plasticidad, y eso no es un valor menor para un director centrado en transmitir sensaciones a su público.

A Lynch le interesa lo concreto: prefiere concentrarse en los individuos (entendidos como individualidades) que no en las generalidades. El suyo no es un cine de ideas, sino de experiencias. Esto es especialmente cierto en films como “Lost Highway” y “Mulholland Drive”, no tanto en “Blue Velvet” o “Wild at Heart”, dos cintas en las que los esterotipos juegan un papel más destacado, aunque esto pueda deberse a la forma de cuento infantil que estas dos películas adoptan, (lo que las emparenta con la magnífica “The Night of the Hunter” de Charles Laughton).

Y es que el imaginario de este director bebe en fuentes clásicas, tanto en lo que respecta a referencias culturales como a recuerdos personales. Algo que, lejos de esconder, ha explotado al máximo. (“Twin Peaks” nace de sus recuerdos de infancia, cuando acompañaba a su padre, empleado como investigador científico por el Servicio Forestal). En cualquier caso, lo que caracteriza a toda su obra es que, de un modo u otro, refleja la certeza de que “hay algo más detrás de lo que vemos”. O al menos, partiendo de ese supuesto, se busca descubrir si es así.

Ese “algo más” puede cobrar muchas formas. Tal vez con eso baste para entender un film como “Straight Story”: una película que, salvo contados detalles, roza el clasicismo más canónico y que sin embargo encaja perfectamente en la filmografía lynchiana. (Mucho mejor que, pongamos, “Dune”, película fallida aunque conserve elementos suficientes como para entrever qué atrajo a Lynch a semejante proyecto).

Es esa combinación entre el conocimiento del medio y la necesidad de explorar lo que le ha permitido adentrarse en zonas oscuras y plasmarlo de un modo personal. Porque lo que hace David Lynch no es pervertir el lenguaje cinematográfico, sino utilizarlo más y mejor.

CINE DE GÉNERO

En apariencia, esa aceptación del formalismo no es solo técnica: la mayoría de los títulos de Lynch pueden clasificarse según el criterio de géneros, muchos de ellos como neo-noirs. (De nuevo las influencias fílmicas y culturales). Y digo que la aceptación es aparente porque si repasamos su filmografía veremos cómo este autor imposible ha logrado introducirse en el vientre de la industria, sacando adelante un buen número de títulos en los que, con unas estrategias parecidas a las empleadas por Luís Buñuel, ha ido desgranando los detalles del lado más oscuro de la sociedad.

También pudiera ser que Lynch, en la mejor tradición, hubiera decidido adoptar el papel de bufón, único personaje de la corte al que le era permitido cantarle las verdades al rey y seguir con vida.

En cualquier caso, y de nuevo siguiendo una larga lista de ilustres antecesores, Lynch no vive su aproximación al género como una imposición que le limite, sino más bien todo lo contrario: es un seguro que le brinda un punto de partida y un espacio de contacto con el espectador. A partir de ahí, todo está por decir.

(continuará…)

 


 

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