Mulholland Drive - Bilbao (parte II)

Fuente: Montecarlo

Mulholland Drive - Bilbao (parte II)

Lynch pertenece a una especie en extinción: la de los artistas que crean sin prejuicios, o a partir de la creencia de que no los tienen. Eso, aún a sabiendas de que cada uno tenemos nuestra propia imaginería y un pasado personal, le ha permitido dedicar su obra a la exploración, que no la experimentación.

Entender a Lynch como un artista experimental me parece un error. Él, que por formación y edad ha tenido ocasión de pulsar de cerca el video-arte y las performances, ha tomado de esa proximidad aquello que le ha venido bien, pero ha decidido explorar otros caminos, a pesar de que sus primeros cortometrajes (y aún más las piezas anteriores de sus años de estudiante) tienen mucho en común con esas disciplinas.

A menudo se ha dicho de este hombre que es “un creador renacentista”, por su capacidad para expresarse en diferentes medios. (Es tan cineasta como pintor o fotógrafo, sin limitar a estos campos sus diferentes obras y capacidades plásticas). Lamentablemente, muchos son los se cobijan bajo ese paraguas, lo que ha ocasionado la devaluación del término.

Además, la mayoría de los que igual graban un disco que ruedan un film, terminan por demostrar públicamente su incapacidad para lograr resultados mínimamente aceptables. No es el caso de Lynch, que se merece con todos los honores ser considerado un artista multidisciplinar, otro termino maltratado por el uso. (Peter Greenaway sería otro ejemplo claro de creador polifacético).

Retomemos al Lynch “niño”: no es que permanezca fiel a sus principios (en el supuesto de que los tenga), sino que ha conservado algo que normalmente la sociedad se encarga de, llegada una cierta edad, extirparnos. Lynch, niño-viejo, se deja sorprender por los materiales que tiene frente a él y juega con ellos, en el sentido más amplio del término.

LO SUBLIME Y LO RIDÍCULO

Lynch es un cineasta de pura cepa porque sigue haciendo cine hoy como si fuera el primer día. Ahí está “Inland Empire” como ejemplo claro de su aproximación a un tipo de tecnología, a un posible discurso audiovisual y a esa exploración a la que hacía mención al principio de este apartado.

Esa actitud entre lo sublime y lo ridículo, como bien apuntan Zizek y Wallace en sus respectivos textos, se alimenta de la “inocencia” artística del director. (Tal vez el sentido de este post sea conectar esas ideas).También eso le emparenta con una larga tradición artística, aquella que defiende la integridad e individualidad del creador, aunque no descuide la labor social revolucionaria, en el sentido de ver más allá que el resto de la comunidad: el artista como visionario, independientemente de que sus coetáneos le comprendan. (Pongamos como ejemplo a Vincent van Gogh o William Blake).

Después de la postmodernidad, después de la digitalización, resulta extremadamente difícil recuperar la inocencia perdida, siempre sujetos a nuestra conciencia que, infatigable, elabora discursos y metadiscursos ante cualquier estímulo. Las películas de David Lynch están pensadas y pueden ser pensadas, pero no necesariamente en un sentido lógico, porque se sitúan en un plano distinto, no sé si previo.

 

LA CARNICERÍA DE BACON

La lógica de Lynch es ilógica, al menos en el sentido con el que coloquialmente empleamos esa palabra. Algunos la han definido como “onírica”, y es cierto que en la obra de este director los sueños juegan un papel importante. Sus personajes sueñan, y hablan de ello mostrándose a menudo tan desconcertados como el espectador. Relacionadas con esta actividad subconsciente también existen lecturas psicoanalíticas (la más famosa, que no única, la de Zizek).

En cualquier caso, lo importante no es “comprender” las películas, sino experimentarlas, vivirlas. En nuestro caso, como espectadores; en el suyo, como director. Por eso no deberíamos dejarnos seducir por esas interpretaciones que, al fin, elaboran un discurso sólido y coherente entre otras cosas porque se realizan a posteriori.

Y es que Lynch practica la improvisación planificada: sabe qué quiere hacer… según cómo. Éste es uno de los puntos de contacto que tiene con Francis Bacon, pintor empeñado en la búsqueda de la verdad (sea lo que sea).Cuentan de Bacon que, a pesar de ser un artista minucioso, aceptaba de buen grado la intervención no premeditada, fuera ésta en forma de un borrón que generaba con su abrigo un amigo cuando iba de visita a su estudio, fuera el orín de un amante borracho sobre uno de los lienzos. No es que le diera igual, pero sí consideraba que el resultado de esa acción casual se integraba en la obra, bienvenida era. Algo similar hace el director norteamericano. Todos estamos expuestos al azar. Hasta Hitchcock, que variaba el tono de sus films en función del casting: más ligero para Cary Grant, más sobrio para James Stewart. Como casi todo, es una cuestión de grados; de nuevo el niño Lynch deja volar la imaginación y sigue el camino que su curiosidad le marca... hasta donde la producción se lo permite.

Con el paso de los años, el discurso de Lynch se ha vuelto más denso, lo que también se traduce en más oscuro o ininteligible, de nuevo según parámetros que no resultan adecuados. Esta afirmación es válida al menos en lo que se refiere a su cine “comercial”, pues su primer largometraje, “Eraserhead”, ya era un ejercicio de desafío a las mentes bienpensantes, en la misma línea que venía desarrollando en sus cortos. En este sentido el viaje de este director presenta una trayectoria circular, o más bien espiral.

(continuará…)

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