Mulholland Drive - Bilbao (parte I)

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

Mulholland Drive - Bilbao (parte I)

No me gusta tener prejuicios, pero… ¿Qué puedes pensar cuando alguien como David Foster Wallace escribe sobre David Lynch y dice que no sabe si es un genio o un idiota (o ambas cosas a la vez)? ¿Qué hacer? ¿Aceptar la opinión del escritor? ¿Pensar que su comentario se debe su particular punto de vista? ¿A sus propios prejuicios? ¿Creer que, en realidad, no habla de Lynch sino de sí mismo?

COFFEE & CIGARETTES

David Lynch es uno de esos tipos que resulta molesto sin pretenderlo. Y más, si pensamos en sus maneras suaves y esa imagen “soft” que proyecta. Cosas que no hacen más que empeorar la sensación de incomodidad. Lynch es irreverente porque ofrece una imagen imposible. Es un chico travieso que peina canas desde hace años. Sí, aparece pulcramente vestido, pero nunca descuida un toque de inconformismo: su sempiterno tupé, sus camisas sin corbata y sus hábitos, que lejos de esconder, ostenta con alegría. Es un fumador empedernido y un adicto al café.

A los niños se les permite un cierto margen a la hora de equivocarse o ser “políticamente incorrectos” (léase incumplir las mínimas normas sociales de etiqueta). Esa actitud desviada se justifica con un simple axioma: “son niños”.
Pero ese juicio que dispensa, también conlleva una amarga sentencia: ¡cuando crezcas, se acabaron las tonterías!

De ahí que, cuando uno compara la imagen personal del director con la que plasma en sus obras, el contraste resulte mayor.
Por que Lynch, creador multidisciplinar, es un hombre de historias, sí, pero también lo es de atmósferas y, sobre todo, de imágenes y (de momento vamos a llamarlo así) verdades.

ESCRIBIR SOBRE LYNCH

Sobre Lynch se ha escrito mucho y muy bien. Para el que quiera rastrear algunos textos, merecen especial atención el artículo que el citado D.F. Wallace le dedicó, “David Lynch keeps his head” (aparecido originalmente en la revista “Premiere” y posteriomente recopilado en “A supposedly fun thing I’ll never do again”) y “David Lynch o el arte del ridículo sublime” incluido en el imprescindible “Lacrimae rerum” de Slavoj Zizek, autor tan polémico como necesario y gratificante.

Hay otros: muchos, incluido “Lynch on Lynch”, recopilación de entrevistas al director, aunque de todos es sabido el nulo interés que tiene este cineasta por explicar sus obras. Él prefiere que hablen por sí mismas y que sea el espectador el que las vivencie y, si se empeña, interprete, aunque ese no ha sido nunca el objetivo del director.

Lo cierto es que uno puede llegarse a sentir abrumado por tanta explicación, comentario y reflexión. Lo que no deja de remitirnos a una de las paradojas fundamentales de la teoría y crítica cinematográficas (incluida esta sección, ”Filmin Radar”).

El Cine es Imagen y Sonido. Podemos acercarnos a su naturaleza e intentar comprenderla a través de ensayos y razonamientos pero eso, al final, no nos sirve de nada ante la exposición directa al material proyectado. Aún más, no todo visionado vale: éste debe hacerse en las condiciones para las que fue pensado cuando se rodó. El propio Lynch se manifestaba a favor de la experiencia cinematográfica y en contra del visionado en un Smartphone ( https://www.youtube.com/watch?v=wKiIroiCvZ0 ), no por un problema económico de taquilla, sino como una cuestión de experiencia de usuario, aunque él no empleara esa expresión. (Obviamente se refería a films concebidos para la gran pantalla, aunque ésta, en su mayoría, haya menguando de tamaño de un modo preocupante).

Retomando el hilo del discurso: si ya se ha escrito tanto y tan bien sobre este director y su obra, y si además todo ese material no logra enseñarnos su cine… ¿Porqué escribir sobre él?

Me respondo, que no me justifico: tal vez porque el objetivo final no sea la comprensión sino el viaje hacia ella.
Tal vez porque sea un modo distinto de expresar el “Tempus Fugit” que es el cine, o un intento de re-presentar la naturaleza cambiante del universo: no hay últimas conclusiones, como puede que no hay verdades últimas y la verdad sea la propia búsqueda de la verdad.

No abusaré de la paciencia del lector con una digresión más acentuada, pero le propongo el siguiente juego: leer este texto y conectar las distintas ideas expuestas con imágenes de los films de Lynch. Un ejemplo: el párrafo anterior y la escena de “Mulholland Drive” del “Club Silencio”.

(continuará…)




 

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