filmin radar: "Stories We Tell" - "The House I Live In"

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

filmin radar: "Stories We Tell" - "The House I Live In"

Dice el refrán que “primeras impresiones nunca fueron buenas”, lo que llevado al mundo del cine se podría expresar de la siguiente manera: primeros visionados nunca fueron buenos. No quiero decir con esto que no tengamos que ver películas (¡¿qué sería de nosotros sin el cine?!) ni que no se pueda opinar sobre un film después de haberlo visto por primera vez, pero sí que las obras que realmente nos aportan algo nos invitan a la revisitación.

Ver una película por primera vez se podría comparar con tener un primer encuentro personal: de ese momento obtenemos una sensación que, por descontado, afecta a nuestra relación con el otro, pero si lo analizamos con calma veremos que lo destacable de la situación no es tanto lo que pensamos del que tenemos delante como el juego de espejos que esa persona nos aporta. La impresión que nos causa, en realidad, dice más de nosotros mismos que del otro, de cómo lo vemos, en qué cosas fijamos la atención, qué nos gusta y qué no (es decir, cuáles son nuestros prejuicios y cuál es nuestra posición frente al mundo).

Ver un film por primera vez nos acerca a su capa más superficial: en términos narrativos supone la lectura de la trama; en términos sensoriales, la percepción estética de la experiencia (especialmente la relacionada con la imagen y el sonido) y por último esa relación de espejo que comentaba, la cual la mayoría de las veces se da a un nivel inconsciente. Ése es uno de los puntos fuertes del cine: brindarnos la posibilidad de enfrentarnos a nosotros, de saber qué pensamos, qué sentimos; en resumen, de saber quiénes somos. Puede que, visto así, el motivo de la película no resulte tan importante como lo que el film despierta en nosotros, lo que hace que de algún modo ficción y documental sean equiparables.

ARISTÓTELES, DOCUMENTALISTA

Si recuperamos lo que Aristóteles dice en la “Poética”, es más importante la verosimilitud que la veracidad. Es decir, no es tan relevante que lo que narremos sea cierto (la famosa cartela de “basado en hechos reales”) como que la obra resulte creíble. No importa tanto el “lo que me cuentas ha pasado de verdad” como “me creo lo que me cuentas”. Esto… ¿También es aplicable al cine documental? Si nos atenemos a lo dicho anteriormente, sí lo es.

Así, un film como “Stories We Tell” de Sarah Polley “a priori” tiene el mismo peso que “The House I Live In” de Eugene Jarecki, no importa que el primero verse sobre los entresijos familiares de la directora y el segundo sobre el consumo y tráfico de drogas en los Estados Unidos. Se trata de dos documentales, lo que implica que ambos muestran una realidad existente. Además, los dos deberían resultar creíbles, puesto que como vemos, la condición de basarse en hechos reales es necesaria, pero no suficiente.

Llegados a este punto quiero hacer una puntualización. Retomando el refranero (que tiene recursos para todo) diría que “la realidad supera la ficción”, o lo que es lo mismo, la circunstancia que tiene un film (y más un documental) de estar basado en hechos reales puede ser, más que una ayuda, una dificultad añadida.

Esto es aplicable a las dos películas en cuestión: si nos contasen las historias “en frío” apenas les daríamos crédito. Las dos resultan bastante inverosímiles, cada una por sus propios motivos, aunque los hechos son los que son y, por muy increíbles que nos parezcan, debamos aceptarlos. Si Jarecki plantea que en Estados Unidos la “guerra contra la droga” se ha convertido en una máquina de autodestrucción nacional, la vida de Sarah Polley parece un culebrón o una comedia de enredo, según el tono en que la leamos. Esto no desacredita estos films, muy al contrario. Simplemente pone sobre la mesa, una vez más, la cuestión de la verdad, concepto que a mi modo de ver está excesivamente valorado. Pero una cosa son las historias “en bruto” y otra la forma en la que se nos cuentan.

Enfrentados cada uno a su material original, Polley y Jarecki se esfuerzan en modelar la narración, hacerla no sólo verosímil, sino también atractiva. Altamente atractiva, diría. Hipnótica. Eso sí, cada uno lo hace por su vía, utilizando diferentes recursos y, según mi parecer, obteniendo diferentes resultados, (aunque “todas las comparaciones son odiosas”).

RECUERDOS FAMILIARES

Se supone que una de las características que diferencia al documental del mero reportaje es que el primero propone un enfoque personal sobre los temas que trata, aunque para captarlo (y para cotejarlo con el nuestro) a veces necesitemos más de un visionado. El documental, se nos dice, ofrece la visión personal de su autor como un plus, un valor añadido frente a la noticia, de carácter informativo y aparentemente aséptico. Como digo, en el documental el tema a tratar pierde importancia frente a la mirada del director. Puede parecer que esa mirada (que va mucho más allá de lo que la imagen nos ofrece) sea algo evidente, pero no siempre es así y, además, creo que es importante entender el motivo de que no lo sea (porque no siempre es el mismo).

Empecemos por el principio y tomemos como ejemplo estos dos films: en ambas historias el punto de arranque son los recuerdos de familia. En el caso de “The House I Live In”, se trata del periplo del director y de Nannie, la mujer que le cuidó cuando era un niño. A partir de ese arranque el documental se expande, recoge más testimonios, documentos históricos y declaraciones y desde allí deriva del drama personal al familiar y, de ahí, al de carácter social, pues se supone que el tema del documental es el efecto de las drogas y la legislación relativa a ellas en la sociedad norteamericana.

En “Stories We Tell” la directora se enzarza en un retrato poliédrico alrededor de la figura de su madre muerta, que deviene en una cacería de fantasmas a través de viajes, entrevistas y recuerdos. Del retrato póstumo se pasa a la exposición de la mentira como verdad no dicha o, simplemente, ignorada (todo ello apoyado en la limitación intrínseca del punto de vista) para derivar en un discurso autoexplicativo.

En este caso eso no llega a justificar las casi dos horas de metraje del film (duración similar a la del trabajo de Jarecki), lo que no quiere decir que resulte pesado y/o aburrido. Al contrario, si algo hay que destacar del documental de la canadiense (que supongo es lo que ha enamorado a la crítica y al púbico), es lo bien servido que está, porque sin duda se trata de un ejercicio de ilusionismo que ya quisiera para sí los ahora canosos “movie brats”.

(continuará…)

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