filmin radar: "Last Days" - "Rebelde sin Causa"

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

filmin radar: "Last Days" - "Rebelde sin Causa"

Todos somos muchos. No todos juntos, sino cada uno de nosotros. O, como mínimo, ésa es la conclusión a la que llego cuando reflexiono sobre la identidad, especialmente tras revisar la filmografía de alguien como Gus Van Sant. Dicho esto, y aunque resulte contradictorio, también tengo que decir que no hay dos como él. ¿Cómo, sino, explicar el trabajo de este hombre?.

LA FILMOGRAFÍA

La carrera cinematográfica de Gus Van Sant se despliega a lo largo de varias décadas. Su primer largometraje “Mala Noche” es de 1985. Cinco años después estrena su siguiente película, “Drugstore Cowboy” (la primera que llegó a España). Desde entonces, se ha convertido en un habitual de nuestras pantallas, no siempre con la puntualidad deseable. Durante más de veinte años he asistido (a veces con sorpresa, otras con estupor) a una producción que, de no saberlo, diría que pertenece a distintos autores. Una de las ventajas de apreciar con una cierta perspectiva temporal el conjunto de la obra es que resulta más fácil detectar conexiones (y desconexiones) entre cada uno de los films que la componen.

Gracias a eso, hoy sabemos que bajo la misma firma hay varios Gus Van Sant, o son el mismo de distinto humor o, por lo menos, le mueven intereses de índole diversa. No es una cuestión de edad: como podemos comprobar, Gus Van Sant ha cambiado de papel en más de una ocasión para, afortunadamente, volver a ser el que era. De todos modos ¿quién garantiza que el viaje es siempre de ida y vuelta? ¿quién sabe dónde acaba la madurez y empieza la decadencia? Estar vivo es, sin duda, fuente de problemas.

Hay un Gus Van Sant “mainstream” (por llamarlo de algún modo) que firma trabajos como “Good Will Hunting” o “Finding Forrester”. Y hay otro, que es de quien quiero hablar aquí: un cineasta “de raza”, como se decía antes. Un hombre capaz de realizar, con presupuestos irrisorios, películas monumentales (no por su grandilocuencia, sino por su importancia y su belleza cinematográfica). Un director que entiende qué es el Cine (con mayúscula) y se entrega a su exploración dándolo todo en cada película y sorprendiéndonos para, en la siguiente, demostrar que aún se puede ir más lejos.Pero éstos no son los únicos Van Sant: probablemente existe un tercero, el de “To Die For”, que se atrevió a dirigir a Nicole Kidman y consiguió que actuara bien (o tal vez logró que no actuara, y de ahí los resultados). Y otro más, el que hizo “Even Cowgirls Get the Blues”, aunque tal vez ése fuera uno de los que ya he citado, en un momento de crisis.

LAS PERSONAS

Los mundos de Gus Van Sant están poblados por dos tipos de personas: adultos inútiles y adolescentes perdidos. Ése es el terreno en el que se mueven los personajes de las mejores cintas de Gus Van Sant. Una adolescencia a veces prolongada hasta una madurez que no se acepta, o a la que simplemente no se tiene acceso. Además, ¿para qué hacerse adulto? ¿Para convertirse en un inútil?

A Gus van Sant le resulta especialmente interesante esa frontera, esa etapa de la vida en la que uno cae al vacío: es demasiado tarde para esconderse en la inocencia de la niñez, y el futuro (¿qué futuro?) resulta un espacio en blanco, inaccesible y devastador. Inaccesible en apariencia porque, si no hacemos nada, el paso del tiempo acabará por arrastrarnos allí. Entonces… ¿Qué hacer? Algunos de los personajes de Gus Van Sant apuestan por las drogas como vía de evasión (convertida en modo de vida), como la banda de delincuentes de “Drugstore Cowboy”. Otros, se aferran a sus monopatines y siguen girando por las pistas, mezclándose entre chicos mucho más jóvenes que ellos, en el intento vano de prolongar un instante que se va, como algunos de los skaters de “Paranoid Park”. Otros, aún, pierden el juicio en un laberinto sin salida, como en el caso de Blake (trasunto de Kurt Cobain) en “Last Days”.

LOS PASATIEMPOS

El tiempo pasa sin que los personajes de Van Sant puedan hacer gran cosa más que, tal vez, pasar el tiempo. Los jóvenes que retrata aparecen como individuos pasivos (en un sentido dramático del término). No toman iniciativas, no se enfrentan a lo que les ocurre y más que progresar en las historias, transitan por ellas. Invierten su tiempo (y el del espectador) en largos paseos sin elipsis. Resultan recurrentes los planos secuencia en los que encuadra al personaje por la espalda y le sigue, obligando al espectador a, por un lado, compartir el momento (la cadencia, el ritmo, la luz, los sonidos…) y, por otro, impidiendo que conectemos con el personaje, al que no vemos en ningún momento el rostro ni sabemos qué siente.

Los chicos de Gus Van Sant (mayoritariamente se trata de chicos) miran la tele, o no la miran, pero la dejan encendida para que veamos lo que no ven. Fuman, beben o se drogan sin demasiado entusiasmo. Hasta la banda de Matt Dillon en “Drugstore Cowboy” (en un retrato mucho más realista que el de los “yonkies” anfetamínicos de la sitcom “Trainspotting”), languidece y se arrastra, incapaz de tomar las riendas de la situación. Los suyos son personajes de una historia de la que a pesar de figurar como protagonistas, suelen resultar víctimas.

A pesar de la insistencia en hacer castings de efebos lánguidos, no creo que en estas películas hay espacio para el narcisismo. Se toman fotos, se graban en video, se desnudan y se tocan en un ejercicio desesperado por tener una auto-imagen con la que identificarse. Tal y como nos los muestra el director, su belleza es hueca e inútil. La cámara no se recrea en ellos y acaban teniendo la misma importancia que una puerta, un árbol o un amplificador. A menudo lo que se respira, impregnado en esos cuerpos jóvenes, es una cierta cosificación. (Ellos mismos acaban convirtiéndose en personajes de videojuego en ese “shooter” conceptual que es “Elephant”).

LOS DÍAS

Hay días interminables y días que no terminan. Los primeros resultan eternos: se prolongan de un modo sutil, los minutos duran horas y los momentos se estiran, se diluyen en una eternidad amorfa. Los segundos son días que no terminan, se cortan de un modo abrupto. No concluyen. Simplemente, se cortan. Sin epílogo o créditos finales. Sin ni siquiera fundido a negro. No hay nada más.

El tiempo pasa, frente a la indiferencia, el aturdimiento y la incomprensión de los personajes. En ese sentido, el arranque de “Last Days” resulta modélico. Salvo un par de frases murmuradas por el protagonista, no hay diálogo y, aparentemente, tampoco acción. Subrayo lo de aparente, porque el seguimiento de Blake, por monótono y errático que parezca al principio, sirve para transmitir con maestría el estado mental del personaje.

Y es que éste es otro de los elementos destacables en la carrera de este director: su capacidad, ampliamente demostrada, para jugar con el tiempo o, mejor dicho, para captar y transmitirnos un tiempo subjetivo. Una buena parte de “Gerry” se dedica a investigar este punto, con una precisión asombrosa: a mitad de camino de la alucinación y la opción (sueño imposible del cineasta) de atrapar el alma de las cosas, y no simplemente su superficie. Gus Van Sant tocará el tema en ésta y las siguientes películas que rueda, colocándolo en el centro de atención o dejándolo en segundo término, entrando de lleno en él o tocándolo de manera tangencial.

El tiempo, en estos films, se emplea como recurso narrativo y dramático. Puede, como señalaba, estar suspendido (esos atardeceres en el desierto, fotografiados en todo su esplendor por Harris Savides). Puede ser un bucle (como apuntan ciertos momentos de “Last Days”, tanto en la repetición de encuadres como, directamente, en la repetición de planos). Puede ser, simplemente, un caos (como expone “Paranoid Park”).

Gus Van Sant no cree en la ley de la causalidad: una causa tiene como consecuencia un efecto, o formulado a la inversa, todo efecto está producido por una causa que le precede. Esto, que para algunos puede parecer de una claridad meridiana, para otros no resulta tan obvio. Especialmente para aquellos que se enfrentan a situaciones sinsentido o creen que su vida no va a ningún lado, como es el caso de muchos de los personajes que aparecen en estas historias. El uso de drogas también está relacionado con la percepción del tiempo y de la realidad. No hace falta recurrir a momentos lisérgicos como la escena del cementerio en “Easy Rider” para transmitir esa sensación. Tras el visionado de la obra de Gus Van Sant, el espectador no percibe su entorno del mismo modo: no sé si porque es más consciente o porque sufre los efectos de la exposición a la película. En cualquier caso, la experiencia está ahí.

Aún existe otro punto relacionado con el tiempo. Como dijo Hemingway, su paso nos lleva irremisiblemente hacia la muerte. Pasando, según la visión planteada por Van Sant,  por una edad adulta de miseria y estupidez. ¿Entonces? ¿Qué nos queda? La muerte.

LA CRÓNICA

A otros, contar historias de estas características les llevaría a rodar comedias o dramas adolescentes en los que buscarían una complicidad facilona del espectador con los protagonistas. Eso, probablemente, les abocaría a perseguir la carcajada o la lágrima fácil, algo que se suele conseguir a base de crear situaciones inverosímiles en las que los personajes, caracterizados de un modo burdo, acaban por convertirse en simples marionetas.

A Gus Van Sant, estos relatos le lanzan en dirección contraria, hacia mundos oscuros en los que se dedica a retratar con estilo pseudo-documental a los personajes y su entorno. Porque es evidente que, tras ese estilo de “reportaje videográfico” que simula captar lo que ocurre por casualidad, hay una mirada profunda: cada plano, cada encuadre, están perfectamente estudiados, incluso cuando se trata de improvisaciones. Esa es, en efecto, otra de las características de estos films: la combinación de planos estáticos, de un clasicismo estrictamente académico, con otros de una frescura e inmediatez sorpresiva.

Homosexualidad, drogas, familias desestructuradas, subculturas (que intentan reproducir el núcleo familiar, sin llegar a sustituirlo) y, sobre todo, una terrible desorientación vital, se repiten con insistencia en la filmografía de Gus Van Sant. Son temas a los que el director regresa como el que vuelve, una y otra vez, sobre un mismo problema, con la esperanza de encontrar la solución que no había visto antes.

LOS MUERTOS (SE ACABÓ LA FIESTA)

Por fin, el final. Si hay algún combustible de la adolescencia, aparte de las propias hormonas, es sin duda la música y los héroes. Aunque ahora parece que un sector de la población se decanta por un nuevo tipo, más deportivo (no sé si más sano), el héroe por antonomasia es la estrella del rock: un personaje carismático, atormentado, genial, incomprendido, doliente y dolorido. Joven. Y muerto. Como Blake-Kurt Cobain. En realidad, se trata del arquetipo inmortalizado por James Dean, tal como lo retrató Nicholas Ray en “Rebel Without a Cause”.

En “Last Days”, después de viajar durante toda la película en una dirección, Gus Van Sant cambia de rumbo. Lo hace en el último minuto, y en una línea no muy diferente de la que Alex Cox (o el productor, o quién fuera) adoptó en “Syd and Nancy” (película que, por cierto, quería titular “Love Kills”). ¿Por qué, esa necesidad de perpetuar una fantasía cristiana y abogar a favor de la resurrección o la existencia de un alma inmortal, da igual cómo le llamemos? Me resulta incomprensible, especialmente cuando el mismísimo Mesías de Rossellini permanece muerto y enterrado y, suponemos, descansa en paz, o al menos desaparece (y con él, su herida incurable y su dolor). ¿O es que, en estas películas, la identificación del público (o del director) llega hasta tal punto que el espectador no puede alcanzar la tan ansiada catarsis, y prolongando el acompañamiento que ha hecho del héroe más allá de lo indicado, sufre su destino como propio? Sólo en ese caso podría pensar que es admisible una resurrección, y aún así tengo mis dudas.

CODA

Se acabó la fiesta, pero sólo de momento. Tras un “Milk” demasiado edulcorado, parece que ese Gus Van Sant (el empalagoso) repite tras las cámaras. Esperemos que no sea por mucho tiempo y que su otro yo (al que le he dedicado esta entrada) regrese. Y vuelva a ser el que era. El que es. El que será. El que ha aceptado que, sin tiempo, la muerte no existiría. Ni tampoco el cine.

 



 

 


 



 

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