filmin radar: Irreversible - Memento (parte I)

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

filmin radar: Irreversible - Memento (parte I)

“¿Sabes qué? El tiempo lo destruye todo”. Con esta frase empieza Gaspar Noé su película “Irréversible”, y con la misma la termina. La primera vez la escuchamos en boca de Philippe Nahon, que de nuevo interpreta al carnicero protagonista de “Seul contre tous”, film con el que cuatro años antes Noé había sacudido (iba a escribir, escupido) al mundo. Un personaje que le acompañaba desde tiempo atrás, y que presentó en “Carne” (cortometraje que luego desarrollaría en forma de largo). 

LA CONDICIÓN MISERABLE

La segunda vez que aparece la frase es en los créditos finales, estampada a toda pantalla en una tipografía que poco o nulo espacio deja para respirar. (Algo que resulta parte del sello distintivo del director, y que alcanza el paroxismo en los títulos de crédito de su siguiente trabajo: “Enter the Void”).

El tiempo lo destruye todo, nos dice Noé. Y sin embargo, en contra de lo que el autor apunta y algunos estudios sobre el film se empeñan en sostener, “Irréversible” no trata del tiempo como destructor, ni siquiera del tiempo a secas. En todo caso, según yo lo entiendo, el film de Noé vuelve (porque ya había estado allí) a pisar el difícil territorio de la condición humana que, desde su perspectiva, siempre resulta miserable. Adjetivo éste que, sospecho, el director abraza de modo incondicional.

Fiel a ese principio, el cine de Noé resulta sórdido, excesivo y tremendista. Sus historias, y sobre todo la manera en que las expone, despiertan pasiones y desprecios, nunca indiferencias. Algo de lo que, con los tiempos que corren, pocos pueden presumir.

LA VIOLENCIA DE LAS FORMAS

El primer punto en el que se evidencia lo que digo es en la plasmación de la violencia física. Cada vez que he visionado en público “Irréversible”, he podido apreciar como algunas personas se estremecían y apartaban la mirada de la pantalla. (Sí, aún hay cosas que nos provocan rechazo). Esto me hace recordar los primeros pases de “The Wild Bunch”, cuando parte del público abandonaba la sala para vomitar, incapaz de soportar la (por aquel entonces) extrema violencia con la que Sam Peckinpah concluía la película.

Apenas han pasado cuarenta años desde que la banda de Pike Bishop se inmolaba en tierras mejicanas en un baño de sangre que, a día de hoy, a nadie impresionaría por lo truculento. (Dicho sea de paso, y dejando de lado estos detalles que lo han traído a colación, el film sigue brillando como una obra maestra imprescindible). Noé, en menor escala pero con mayor saña, se acerca a la violencia que el ser humano aplica sobre sus semejantes y la transmite con toda la crudeza de la que es capaz.

Los momentos más evidentes (que no únicos) son la pelea en el antro gay y la violación del personaje de la Bellucci. En el primero, la iluminación escasa se suma a una cámara nerviosa que gira y se mueve sin cesar, observando lo que tiene a su alrededor mientras recorre los pasillos (aparentemente interminables) del Rectum. (Así se llama el garito en el que los protagonistas se adentran en busca de venganza. Un chiste fácil sobre el que los propios personajes dialogan: un signo más del talante postmoderno de la obra). La imposibilidad de fijar la mirada, de captar el detalle o detener la vista, nos sumergen en el caos y la sobreexcitación que guían a Marcus (un estupendo Vincent Cassel que en esta ocasión encarna un personaje nada agradecido).

Tras la cacería, que aumenta la tensión por simple acumulación (la pregunta “¿Has visto al Tenia?” se repite hasta la saciedad), la escena concluye con un giro brusco, inesperado y brutal: Pierre (Albert Dupontel) masacra al tipo que le ha partido el brazo a Marcus. Lo que en una película convencional podría llegar a ser un momento catártico (la descarga de tensión acumulada se resuelve en una explosión de violencia), en el film de Noé cobra un sentido opuesto, y lo hace por dos motivos: el primero, por la “excesiva” duración de la acción. Pierre no puede parar: el ensañamiento le lleva al límite, no sólo mata al agresor de Marcus, lo hace de un modo salvaje y, una vez muerto, continúa golpeando el cadáver hasta desfigurarlo por completo. El segundo, por presentar el fragmento al principio del film: si no hay desarrollo dramático, no estamos preparados para alcanzar el clímax, por lo que Noé demuestra (en otro ejercicio postmoderno), que la posición de una pieza es tanto o más importante que la pieza en sí misma, o dicho de otro modo, que una misma pieza desempeña funciones diferentes según el lugar que ocupa.

En el segundo ejemplo, Noé opta por una aproximación visual diferente: la cámara permanece inmóvil, a la altura del suelo, frente a Alex y el Tenia. Desde allí asistimos impotentes a la violación de la chica y a la paliza con la que su agresor remata el asalto. (De nuevo el nombre se utiliza como un chiste autoreferencial, convertido en un guiño amargo tras esta desoladora escena). Como vemos, en cada caso Noé emplea los movimientos de cámara según le conviene: insisto en que puede resultar artificioso, pero eso no le importa si el efecto es el deseado.

(continuará…)

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