filmin radar: Crónica de un asesino en serie - Henry, retrato de un asesino

Autor: Montecarlo Fuente: Montecarlo

filmin radar: Crónica de un asesino en serie - Henry, retrato de un asesino

Si consultamos alguno de los múltiples manuales de guión que circulan por el mercado, leeremos unas cuantas cosas que “Crónica de un asesino en serie” incumple. Afortunadamente. Y es que para el espectador la obra, finalmente, siempre resulta más importante que el modelo, especialmente cuando ésta no se adapta al canon.

Según las normas, una película debería durar una hora y media. A lo sumo, cien minutos. “Crónica de un asesino en serie” dura dos horas largas. Según las normas, una película debe finalizar cerrando la trama de un modo satisfactorio (léase definitivo o concluyente). “Crónica de un asesino en serie”, como tendremos ocasión de ver más adelante, no sólo no cierra la trama, si no que apuesta por la disolución de la misma. Según las normas…pero ¿qué normas son ésas? ¿Quién las ha dictado y en que se fundamentan?

Me refiero, claro está, a los estándares de la industria de Hollywood, según los cuales las películas de más de 90 minutos complican la explotación en salas comerciales y, basándose en un modelo edulcorado de la “Poética” de Aristóteles y una excesiva simplificación de las ideas del mitólogo Joseph Campbell, pretenden proporcionar al espectador una experiencia con final feliz, sí o sí. Por suerte, como digo, “Crónica de un asesino en serie” es una película coreana, elaborada en un marco referencial muy diferente. Pero, a pesar de esas diferencias formales y dramáticas, parece que una película con semejante título debiera ser una obra de género, lo cuál la devolvería al canon, encerrándonos en una pregunta sin respuesta posible.

¿Tiene sentido lo que digo?

CUESTIÓN DE GÉNERO

Crimen, criminal y policía son los elementos básicos de la ecuación que construye una película de estas características. En función de qué variable elijamos destacar, el film se decantará en una dirección u otra.Y es que no es lo mismo un thriller, un “Whodunnit” (¿quién lo ha hecho?) o un film noir, aunque cada uno de ellos contenga los mimos elementos que los demás. ¿A qué género (o subgénero) pertenece “Crónica de un asesino en serie”?

En el mercado anglosajón, la película (“Salinui Chueok”, en el original) apareció como “Memories of Murder”, lo que podríamos traducir como “recuerdos de un asesinato”. Aunque el título es similar al utilizado en España, uno y otro se distinguen por una cuestión de matiz, más relevante de lo que parece.

La traducción española apunta a que el relato gira entorno al asesino. En la inglesa, sin embargo, se hace hincapié en el hecho, sin atribuirle un sujeto concreto, lo que explicaría el epílogo con el que se cierra la película (sobre el que volveremos más adelante). Como apuntaba, la base común establece relaciones entre los films de un subgénero y otro. En la película de Bong Joon-Ho se dan los tres elementos, aunque de un modo peculiar.


Una de las principales características del thriller es que incluye una gran dosis de tensión, construida tanto por los acontecimientos de la trama (una cuenta atrás, una carrera contrarreloj) como por el tipo de narración (anticipación de información al espectador en relación con el protagonista, para que la audiencia sienta su angustia y empatice con el personaje). A menudo, la acción se acelera a medida que el metraje avanza, el tiempo transcurre y el temido efecto final se acerca. Si bien es cierto que esto sucede en “Crónica…”, más que generar tensión, lo que produce es frustración. Una y otra vez. De un modo insistente y acumulativo. Sólo por eso, la película se aleja del modelo de un modo irremisible.

Si algo define al “Whodunnit?” es que, efectivamente, el relato se articula entorno a ese misterio: la identidad desconocida del asesino. Es cierto que en “Crónica…” no sabemos quién comete los crímenes. La película sigue los pasos de los policías en sus intentos por averiguar la identidad del asesino. Obviamente, ése parece ser el “leitmotiv” de los agentes, aunque a medida que progrese la historia veremos que “identificar/detener al criminal” y “evitar que cometa más asesinatos” pueden no ser la misma cosa. En cualquier caso, aquí aparece una relación (siempre difícil) entre matiz y ambigüedad, algo que Bong Jon-Ho introduce, como corresponde, de un modo sutil y magistral.


Existe una doble espiral a lo largo de toda la historia: por un lado, el número de asesinatos aumenta a medida que avanza la película. Por otro, los sospechosos se suceden, tan solo para ser descartados y sustituidos por el siguiente. De ahí la frustración de los policías y la transformación que sufren, no por clásica menos brillante. Una de las claves del film es sin duda la aproximación a este punto, el desarrollo pausado, indistinguible, subterráneo y absolutamente lúcido de la evolución de los dos policías, que no llegan a intercambiar papeles (resultaría ya no forzado, sino imposible), pero sí evolucionan hasta alcanzar un territorio común, un punto de respeto silencioso que, sin ánimo de comparar, recuerda a la dignidad crepuscular de los héroes taciturnos de Melville. Es precisamente el tono en el que la película está narrada el que la convierte en un film noir. Insisto, si es que se trata de una película de género.

Un purista diría que “Crónica…” es, como mucho, neo-noir, pues el cine negro está asociado a una época histórica muy determinada, la que va desde la década de 1940 hasta finales de los 50. Sin embargo, a menudo este término incluye unas connotaciones que “Crónica…” no posee. No es una película que revisite el género, pues realmente vive en él, sin pretender hacer metacine. Tampoco presenta una estilización habitual en esas películas (aunque sea una estilización barroca).

POSTURAS ENFRENTADAS

Puede que el género negro sea donde, de un modo más natural, se expresa la importancia del punto de vista en la narración. La decisión del director, como narrador, de asociar la mirada de la cámara con un personaje u otro, determina el desarrollo del discurso, el tono y nos ayuda a determinar a intención.


En “Crónica…”, prácticamente nunca nos separamos de los policías y, cuando lo hacemos, es para asistir al hallazgo de un cadáver o visualizar la declaración de un testigo. Dos elementos que se nos aparecen más como pruebas de la investigación que como acción propiamente dicha. (Tan solo en un momento terrible la cámara se olvida de ellos. Es hacia el final del film, cuando decide seguir a la novia del protagonista).

Ésa resulta una de las bazas importantes a la hora de construir el discurso: aquí, la frustración viene expresada a través del punto de vista. Es el apego a los agentes, el seguimiento de sus idas y venidas, la asistencia a sus reflexiones, dudas y desesperos, lo que nos hace compartir la desazón que poco a poco se apodera de ellos.

El asesino, así, se aparece como una entidad abstracta, aunque sus crímenes sean tremendamente concretos. Es un fantasma, un enemigo inalcanzable de dimensiones míticas, que reduce a los policías a simples mortales. Ya no se trata del asesino como persona, sino de algo infinitamente más grande, que resulta a todas luces invencible. Podemos llamarle destino, podemos llamarle circunstancias adversas, limitaciones humanas o cualquier otra cosa. No importa el nombre que le demos, sino lo que produce.

El universo de “Crónica de un asesino en serie” es un mundo triste, lleno de errores, aplastado por un sistema burocrático inútil. Nadie quiere a la policía (por ineficaz o por represora) y, para mayor tragedia, ésta es a un mismo tiempo verdugo y víctima, como queda bien patente en el destino de uno de los agentes, al que le amputan la pierna para salvarle la vida y así condenarle a una vida amputada. Éste es el punto de vista que adopta el relato de Bong Joon-Ho. Un mundo que, salvando detalles temporales y geográficos, resulta ejemplar dentro del género.


Una última nota sobre la importancia del punto de vista en la narración, esta vez situándonos en el extremo opuesto. En “Henry, Portait of a Serial Killer” John McNaughton nos sitúa en el otro lado de la ley. Uno de los elementos más inquietantes de la cinta es precisamente ése: en el mundo del protagonista, la policía no existe. Bong Joon-Ho construye su relato con la eficacia y sencillez propias de un maestro. En él, los planos son siempre funcionales, y eso acaba otorgándoles una belleza que no distrae del relato. Son imágenes al servicio de la trama, que simultáneamente transmiten una emoción de fondo que va mucho más allá de la capa superficial del relato.

El suyo es un cine magistral en el sentido de que asistimos a una clase práctica de qué es el Cine (con mayúscula). La primera lección es esa invisibilidad del narrador, esa aparente ausencia de segundas intenciones. La segunda es la capacidad de volver a las cosas sencillas para transmitir emociones complejas.

Pensando en la película, uno cae en la cuenta que esos primeros planos de rostros de expresión neutra (cada uno de los miembros del grupo de investigación, cada uno de los sospechosos) son una puesta al día de la lección de Kuleshov: el espectador lee en el rostro aquello que quiere leer.

Otro ejemplo, aún más brillante si cabe: la utilización de algo tan manido como el plano/contraplano. Como decía un poco antes, hay un único momento en que la cámara se aleja de los policías. Cuando han perdido de vista al principal sospechoso (todas las pruebas apuntan a que es él) y la mujer se adentra en un bosque, de noche. Alguien la vigila. Allí se cruza con una joven colegiala. El asesino, oculto por los árboles, duda respecto a cuál de las dos seguir. Es en ese momento cuando, con un simple montaje de un plano y su contraplano, nos transmite con absoluta claridad cómo el destino de las personas se decide en un segundo y cómo, a menudo, ellas no son conscientes de lo que ocurre. Es un momento narrado con una sobriedad y dureza dignas de un Jim Thompson de la imagen. Contar tanto con tan poco, confirma a Bong Joon-Ho como uno de los grandes.


ESTO NO PUEDE ACABAR BIEN

¿Final abierto? ¿Historia inacabada? ¿Relato sin fin, o lo que es lo mismo, eterno, interminable? Volvamos sobre el momento final del epílogo (y de la película). Se trata de una escena en la que el detective protagonista regresa al lugar del crimen, transcurridos muchos años. Ha cambiado de profesión y lleva una vida completamente distinta.

El ex-policía observa el agujero en el que encontraron a una víctima. Es un espacio vacío, anodino, que nos recuerda de un modo simple y eficaz el crimen irresoluto y nos plantea, con la misma sencillez y claridad, lo difícil que resulta imaginar que allí ocurrieran semejantes hechos. La historia de “Crónica…” va mucho más allá de la persecución infructuosa de un asesino. Si tuviera que buscar algún referente en este aspecto, acudiría a la novela “La investigación” de Stanislaw Lem. Un relato en esta línea de historias irresolubles, de misterios que son solo el reflejo de un misterio mayor.

Finalmente, esa emoción subyacente se transfigura y se convierte en protagonista de la historia. Lo corroboran los demás trabajos del director. Aunque cada una de sus películas tenga validez por si misma, existen demasiadas similitudes, más allá de la puramente argumental, que señalan en la misma dirección: personajes disfuncionales, reflejo de una sociedad con carencias. Situaciones que desbordan el poder de actuación de los protagonistas resultan en giros inesperados de la vida que nos desarman completamente (Resulta inolvidable la escena final de “Madeo-Madre”).

Bong Joon-Ho posee una gran humanidad en la mirada, aunque el tono que emplee para transmitirla nunca le valdrá el título de “Frank Capra oriental”. No sé cuántas veces he visto “Crónica de un asesino en serie”. No las he contado, ni me preocupa hacerlo. Sé que el número, sea el que sea, seguirá aumentando con el paso de los años.

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