Este Cine es Nuestro: ¡Fueron a Rock-Ola a beber y a bailar!

Fuente: Carles Guardiola

Este Cine es Nuestro: ¡Fueron a Rock-Ola a beber y a bailar!

Hay algo muy de otros tiempos en el documental Rock-Ola, una noche en la Movida (Antonio de Prada, 2009), de tiempos de pocos visionados y mucha evocación de lo que apareció o aparecerá en pantalla o lo que vimos en tal sitio. Pablo Carbonell, Jesús Ordovás o Juan José Peral “Pepe”, encargado de seguridad del local, van dando pistas sobre qué ofrecían las cercanías a la sala, las concurrencias de la entrada, la benévola oscuridad del interior y los trapos con que los visitantes acudían. 

En especial sobre el frenesí explosivo y emprendedor de que los madrileños disponían allí, que sin querer nos lleva a vincularlo de soslayo con otro ajetreo anterior, a su vez de dimensión y lugar de encuentro propias, y también con particular película reciente que se invita a disfrutarla a la par con la de Rock-Ola: Barcelona era una fiesta.

Insistamos en el asunto evocativo, en ese chocante cruce entre el testimonio emotivo contando desde un escenario fijo de entrevista (una actual tienda de discos o esas terrazas de Paco Clavel) o escuchado sobre barridos de documentos, quizás el cartel del primer concierto que inauguró la sala o una parrilla de programación semanal rescatada. Chocante no tanto por ser un recurso inusual en el audiovisual documental, es bien sabido, sino por el resultado que en sí dan esas navegaciones sobre la imagen, que tienen algo de bruto y goloso, y que en el caso de esta obra parece encajar. “Cuando la gente pretende decir que no existió, es que no la vivió”, claudica uno de los entrevistados, el periodista musical Fernando Martín, y por ello, mejor atendamos sin más e imaginemos a partir de papeles volanderos. Escuchemos de qué iba su diversión, a qué suena, qué aspecto tiene en palabras claras de los divertidos.

Entonces se nos presenta esta obra precisamente como posavasos o póster que estuvo colgado una noche en la Movida, ¡entendámosla así! Es una entrada de concierto encontrada y mostrada a cámara, encendiéndose el recuerdo. Que si incluimos alguna grabación, y así lo hace Antonio de Prada por ejemplo con la cinta de los electrodanzarines todo-todo, que sea como obsequio puntual y complementario a esa remembranza desnuda o, como mucho, empapelada. Pues, como contraposición – el mundo está lleno de cámaras grabando continuamente, no paran de grabar – siempre podemos zambullirnos en piezas de inmersión profunda en lo que ocurrió a través de las imágenes grabadas desde el interior y desde cualquier mano, caso de All Tomorrow’s Parties o 5 cámaras rotas.

La primera, a partir del genuino encuentro melómano y los vídeos de cualquier participante al festival, y la segunda, desde la resistencia de un pueblo palestino y las cámaras de un periodista cuya familia es parte de la resistencia, proponen, en vez de evocación, la inmersión, a mano de sus protagonistas, en la historia captada y en sus rincones. Los mismos rincones donde encontramos los posavasos porosos de Rock-Ola, sitio donde se lo pasaron estupendo y así lo cantan el tema de los créditos, los sets de entrevista y las infografías, todos gozando de una vivencia popular compartida (en esto Ron Mann llega a altas cotas de gozo en Twist o Know your mushrooms) sin moverse de la tienda de discos (Jia Zhang-ke, en su Historias de Shangai, grabará los escenarios de testimonio con suaves repasos de cámara y dramatizará alrededor, otra posibilidad de recuerdo más movediza).

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