Crónica Venecia 2019: “Zumiriki” el cine como superviviente

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Venecia 2019: “Zumiriki” el cine como superviviente

“Es una historia ficticia indefinible”, inclasificable en ningún género y que, además, “parte de una geografía muy concreta y pequeña”. Así nos presenta, de buenas a primeras “Zumiriki” su propio responsable, Oskar Alegria. En el caso del propio director de la Mostra, Alberto Barbera, sin embargo, bastó con un "es la película más indescifrable del festival". Estrenada en el marco de la Sección Orizzonti de esta 76 edición del Festival de Venecia si algo queda claro es que, denlo por seguro, difícilmente veamos este año una película española tan única y radical.

¿De qué va?

“Zumiriki” cuenta la historia de un náufrago aislado en los bosques del Pirineo navarro, de una persona que tiene como objetivo reconectar con la naturaleza y su infancia, y cuyo eje principal es la espera.

¿Quién está detrás?

El realizador pamplonés Oskar Alegría, internacionalmente reconocido por ser el responsable de "La casa Emak Bakia" con la que participó en numerosos festivales internacionales, llevándose un total de 15 premios, debuta en el Lido. 

¿Quién sale?

Alegría es el propio protagonista del documental; pues él mismo decidió aislarse, durante cuatro meses, en una cabaña del bosque, con la única compañía de un huerto, dos gallinas, 70 libros y eso sí, la visita de la fauna salvaje que lo rodea, desde corzos a jabalís pasando hasta por linces. También cuatro pastores del Pirineo que mantienen con vida un aparentemente desaparecido universo.

¿Qué es?

“Náufrago + “Supervivientes” pasado por el filtro de “Sobre la Marxa” + “El Perdido” o “Le Quattro Volte”

¿Qué ofrece?

“Filmar me da la posibilidad de vivir una segunda vida“. Es una de las frases más significativas, una de las reflexiones mas certeras y lúcidas que mejor vendría a resumir lo que en esencia es “Zumiriki”, un artefacto cinemático único en su especie que ante todo utiliza el cine como vehículo de reconexión con una vida supuestamente ya perdida, con universo que aparentemente desaparece, con un entorno natural despojado de cualquier reducto de civilización. En resumidas cuentas, con la más absoluta e intrínseca libertad, tanto a nivel cinematográfico como existencial.

El insobornable cineasta navarro regresa al paraje de Gorriza-Iriberri, en Artazu, en pleno Pirineo Navarro, donde pasó su infancia, para volver a una vida ya pasada. Lo que se encuentra es un lugar que ya no es precisamente como su memoria lo recuerda. Sin embargo, sí conserva su esencia virgen y pura, y es que el cambio que ha experimentado ha venido única y exclusivamente afectado por los propios ciclos de la naturaleza. Es decir, él que “Zumiriki” habita es un pequeño paraíso del todo primitivo y milagrosamente intacto. Es en este remoto y recóndito lugar donde Oskar Alegría se recluye y construye una cabaña ataviado con lo básico para subsistir a lo largo de todo el verano de 2018, desde junio a finales de agosto. Su objetivo no parece ser otro que la espera, una espera que finalmente le devuelva a volver a ser un hombre recolectado a sus raíces, aferrado a los ciclos de vida que dicta la tierra en su estado más natural y salvaje. Una esencia que pese a su carácter marcadamente agreste y primitivo, adquiere una sorprendente dimensión artística en su dispositivo fílmico, tanto a nivel  antropológico como incluso fabulesco y poético y que no por ello, renuncia en ningún momento al tono cómico. 

El cine como un imprevisible juego críptico e indómito que trasciende y subvierte los condicionantes a los que supuestamente se debe, como es el caso del espacio y el tiempo. Como una experiencia de vida y existencia en el que el arraigo a la memoria familiar, a una lengua y una forma de vida que no cesa en su lucha por no extinguirse, devuelve al ser humano a existir nuevamente en absoluta comunión con quien realmente le ha dado la oportunidad de vivir y existir: la madre naturaleza. Múltiples capas para una propuesta que en efecto, va mucho más allá de lo que supone romper barreras entre ficción y documental. “Zumiriki” es ante todo una experiencia de vida, concretamente de una segunda vida que siempre y para siempre debió de ser la única y primera. Una obra fluida y en constante regeneración que en efecto, nos devuelve al lugar del que vinimos y que nos demuestra que la creación del cine, probablemente el arte más libre, no entiende de límites. 


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