Crónica Venecia 2018: "The Mountain" ¿qué me pasa, doctor?

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Venecia 2018: "The Mountain" ¿qué me pasa, doctor?

Triunfal a su paso por Sundance aunque incomprendida en Locarno, Sitges 2016 fue la responsable a brindar el reconocimiento que una rareza tan radicalmente imaginativa y personalmente genuina como "Entertainment" (y en consecuencia, su director) bien merecía. Hablamos de Rick Alverson, cuya obra debería resultar tan venerada entre la cinefilia europea (no fue hasta su cuarta película que un festival del viejo continente le prestó la atención que exigía) como lo es en los más acérrimos mentideros del cine independiente norteamericano, donde cada nueva película suya se celebra como lo que es; un absoluto acontecimiento. Una cuenta pendiente que un festival top como es Venecia bien ha tenido a saldar en la edición de este año con la maravillosa "The Mountain". ¿Qué me pasa, doctor?

¿De qué va?

En América, 1950, un joven introvertido, tras perder a su madre, decide trabajar con un doctor especializado en terapias y lobotomías. Mientras avanza por el asilo, el joven empieza a sentirse identificado con los pacientes.

¿Quién está detrás?

Sus anteriores "The Builder" (2010), "New Jerusalem" (2011) y "The Comedy" (2012) ya señalaban a Rick Alverson como el vástago yanqui de Aki Kaurismäki y Roy Andersson, hecho que su cuarta película,"Entertainment" (2016), no hizo más que confirmar. Hablamos de un título inclasificable donde los haya que causó sensación en el Festival de Sitges añadiendo a la terna de referencias a Lynch, Dupieux o incluso Antonioni. Ilustres nombres que sin embargo, no impiden que la de Alverson se revele como una voz tan propia como única.

¿Quién sale?

"The Mountain" es otra indiscutible prueba más de lo bien que le sienta el paso de los años a Jeff Goldblum. Y es que cuanto más envejece, el protagonista de "La Mosca" más libre parece sentirse. De Wes Anderson a  Rick Alverson pasando por "Thor: Ragnarok". Le acompaña en su periplo un Tye Sheridan qué además de su indiscutible parecido físico, su personaje directamente recuerda al interpretado por Barry Keoghan en "El sacrifico de un ciervo sagrado". Y entre los secundarios, más allá de la siempre agradecida participación de Udo Kier, la nota discordante la ofrece Dennis Lavant, cuya histriónica y en definitiva, innecesaria aparición, rompe de lleno con el tono sosegado de la película.


¿Qué es?

 Sería algo así como un cruce imposible entre "Alps", "Alguien voló sobre el nido del cuco", "The Master" y el cine de Roy Andersson

¿Qué ofrece?

En su anterior película, "Entertainment" (2016), Rick Alverson nos embarcaba en una particularísima road movie existencialmente taciturna e insólitamente marciana que atravesaba una América sin alma de la mano del cómico con menos gracia del mundo. Paradójica construcción la de su errático protagonista que, sin embargo, no podía resultar más acertada. Y es que la obra que transitaba era ante todo una NO comedia que tal y como su irónico título nos advertía, 'entretenía' partiendo de un desolador drama, asestando así un contundente golpe a ese estereotipado sueño americano que engloba un país supuestamente libre, abundante y evolucionado. Pues bien, en este sentido, su nueva película significa un punto y seguido. Eso sí, con un discurso mucho más perturbador y aún si cabe, una puesta en escena más perfeccionada y estilizada. 

La USA a la que "The Mountain" nos lleva en este caso es la de los años 50, precisamente esa década supuestamente prodigiosa a la que Trump tanto recurre como modelo a seguir con su "Make America Great Again". Pero en vez de ser un cómico su principal vehículo, quien nos conduce por ella es un supuesto terapeuta que no hace más que dejar personas lobotomizadas a su paso. Pacientes alienados a los que no se les permite sentir ni expresarse, crear ni alegrarse. Es decir, entes deshumanizados que conforman la viva imagen de una sociedad estéril, absolutamente yerma, que queda a merced de un charlatán, un vende humos con carta blanca para hacer y deshacer según le venga en gana. En definitiva, una analogía en la que todo encaja, todo cuadra. Más aún si nos atenemos a que lo hace sobre una factura formal sublimemente calculada, una composición lángida y minimalista que perfectamente casa con la aridez de su discurso, de su tono inexpresivo y perversamente absurdo.

Difícilmente la veremos brillar en el palmarés final, radicalmente inclasificable para que pueda causar consenso en el seno de un jurado. Lo mismo da. No por ello dejaremos de reivindicar "The Mountain" como una de las propuestas más interesantes, personales y arriesgadas de cuantas seguro, nos presentará esta 75 edición de la Mostra. Y eso que esto no ha hecho más que empezar.


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