Crónica Venecia 2017: "Mektoub, my love: Canto Uno" Obertura

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Venecia 2017: "Mektoub, my love: Canto Uno" Obertura

Abdellatif Kechiche ha vuelto. Tras vender su Palma de Oro, tenernos en vilo durante año y parte del otro, al final su "Mektoub, my love" ha aparecido en el Festival de Venecia in extremis con su primera parte. Acostumbrado a rodajes tan largos como intensos, que aprovechan lo mejor del cine digital, es más que posible que el director francés viera en la sala de montaje que su canto de amor se quedaba pequeño para una sola película. Y, al final, la espera ha merecido la pena. Veremos en que acaba todo esto.

¿De qué va?

"Mektoub, my love: Canto I" está protagonizada por Amin, un joven francés de origen tunecino aspirante a guionista que estudia cine en París. Aprovechando las vacaciones de verano, llega a Seté, un pueblo de la Provenza francesa a orillas del Mediterráneo. Rodeado de sus amigos de la infancia y familiares, pasa su tiempo entre la playa y los bares.

¿Quién está detrás?

Abdellatif Kechiche, polémico director gandor de la Palma de Oro por "La vida de Adele", adapta libremente la novela La blessure, la vraie de Antoine Bégaudeau, autor del libro "La Clase" que en su día adaptó Laurent Cantet

¿Quién sale? 

Kechiche es un maestro en la dirección de actores, y aquellos que debutan su particular diamante en bruto a explotar. No es de extrañar pues la gran calidad que desprenden todos ellos, empezando por Shaïn Boumedine, una caracterización que parece construida por Rohmer o Truffaut y que consigue transmitírnoslo todo sin apenas mediar palabra, Alexia Chardard, en una interpretación que directamente nos evoca a Adele Exarchopoulos en "La vida de Adele", tanto a nivel físico como gestual, o la sensual Ophélie Bau, que parece haber adoptado el espíritu de Valeria Marini en "Bambola" o Penélope Cruz en "Jamón, Jamón". El único que repite es Salim Kechiouche, a quien ya pudimos ver en "La vida de Adele" como su primer novio y de quien podéis disfrutar en un papel similar en "Foreign Body".

¿Qué es?

Empieza como una película de Bigas Luna y acaba como una de Eric Rohmer.

¿Qué ofrece?

Resultan inabarcables las teorías que tratan de explicar la importancia del preámbulo sexual, una práctica que demostrado está, y aquí no hay lugar a discusión alguna, contribuye a hacer más placentero, excitante y gratificante el definitivo encuentro carnal. El juego de seducción mediante la mirada, el movimiento, el roce o, por supuesto, el diálogo y el contorneo, es la primera señal que augura vivir la relación sexual desde una dimensión pasional y hasta romántica, mucho más que desde el espectro meramente carnal y visceral. Pues bien, esta es la teoría, o más bien la evidencia, que Abdellatif Kechiche parece haber hecho suya a la hora de presentarnos la primera entrega de la trilogía "Mektoub, My Love". Y es que bien podríamos comenzar afirmando que lo que nos ha cocido este primigenio canto no es más que la obertura para lo que se nos viene encima. O es lo que yo al menos atisbo. Una historia de amor profundamente sincera, sensible y enternecedora. 

Una sensación en la que me reafirmo aún y teniendo claro que "Mektoub My love: Canto I" levantará seguro, indignación y críticas feroces desde gran parte de la crítica.  Muchos no tardarán en señalarla, o más bien estigmatizarla, como una película sin sustancia argumental y meramente exhibicionista que pone a la mujer como mero objeto de disfrute a ojos del hombre. Una suerte de "Bámbola" de nuestros días (que en una de sus principales y más aletargadas secuencias puede incluso evocar a "El Bar Coyote") cuyo principal cometido no es otro que calentar al personal masculino mostrando el pavoneo de chicas hermosas y esbeltas a base de twerkings. Nunca más lejos de la realidad. A pesar de lo que la cámara de Kechiche parece centrarse en enmarcar, resulta del todo básico y clave como se contrapone la mirada de su protagonista con la de la cámara, la fascinación por el sexo romántico de Amin (no por casualidad, se nos presenta como un chico con una gran sensibilidad cultural y artística) frente al hedonismo del que Kechiche lo envuelve (sus amigos no se rigen por otra motivación que no sea el libre albedrío) y que sin embargo, continuamente evita caer en sus redes. El atracción carnal que en todo momento está omnipresente choca con su anhelo por disfrutar de la divinidad del sexo desde el verdadero sentimiento del amor. Es decir, aunque todo parezca apuntar a ello, Amin no cae ante la provocación. No por que no quiera, sino porque básicamente no lo siente. Y es precisamente por está principal razón que está del todo justificado el enfoque supuestamente exhibicionista con el que Kechiche rueda esta primera entrega. Al fin y al cabo, en este primer canto no se trata de otra cosa que no sea conocer su contexto y entender las motivaciones por las que su protagonista principal se mueve. Seguro estoy que el segundo y tercer canto tendrá un tono y tratamiento bien diferente. 

Y no, la película en ningún momento presenta un desarrollo de trama ni tampoco de personajes. Pero es que tampoco debería. Es una inmersión vital y sensual en un microcosmos que formalmente hablando, lleva impreso el ADN de Abdellatif Kechiche. Su nueva película vuelve a sumergirnos, al igual que lo hace a lo largo de su breve pero imprescindible obra, en la intimidad de sus protagonistas, capturando fragmentos de vida, articulándose con pasmosa fluidez y absorbente naturalismo sobre sus gestos y cuerpos a través de largas secuencias envueltas por diálogos interminables y por descontado, deleitándonos con sus características y tradicionales ingestas de spaghettis. Aquí no hay lugar a planos generales, la cámara permanece en todo momento incrustada a sus personajes. Como bien mandan sus cánones. Empezamos bien. Caliente, caliente.


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