Crónica Venecia 2016: "Safari" cazador blanco, corazón blanco

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Venecia 2016: "Safari" cazador blanco, corazón blanco

El mero hecho de saber que el último año Ulrich Seidl ha estado trabajando en un nuevo documental sobre la caza de 'trofeos' en África es para echarse a temblar. Más aún si nos atenemos a las palabras de su productora, Sigrid Jonsson Dyekjær, en la que nos advierte lo que de antemano ya podíamos esperar: "su acercamiento al fenómeno de los cazadores en África será singular y profundo”. Y de hecho lo es, así que nada que objetar, pero sí de añadir: "Safari" supone además una de las películas más reflexivas, expansivas y definitivamente necesarias del enfant terrible austríaco. Hace sufrir, sí, pero ante todo da que pensar.

¿De qué va?

En la selva africana, cebras, impalas y ñus campan a sus anchas. Los turistas alemanes y austríacos que acuden allí a cazar, esperan entre los arbustos y acechan a sus presas. Disparan, gritan de emoción y posan con los animales que han cazado. Una película sobre gente que pasa sus vacaciones matando.

¿Quién está detrás?


El hombre que mejor retrata el lado oscuro de nuestra sociedad va de "Safari".

¿Quien sale?

Personas, familias, padres e hijos adolescentes que tienen en la matanza de animales salvajes uno de sus grandes placeres. También animales que mueren innecesariamente, así como africanos que se dedican a desollarlos y descuartizarlos.



¿Qué es?

La otra cara de la moneda de "Animal Love" + "Paraíso: amor"

¿Qué ofrece?

No es una película fácil de ver (especialmente para quienes profesamos un amor incondicional por todo tipo de vida animal), pero si de la que tenemos mucho que aprender (sobre todo para aquellas personas que no les profesan ninguna sensibilidad especial). Y es que "Safari" es, ante todo, una película sobre la naturaleza humana, tal y como inmejorablemente nos la presenta su sinopsis oficial. Si 20 años atrás Ulrich Seidl levantaba ampollas con "Animal Love", un film sobre la atención obsesiva de que los austríacos profesan por las mascotas, animales de compañía convertidos por sus propios dueños en interlocutores, amigos y objetos de moda que acaban teniendo la función de proyectar los deseos humanos, con "Safari" nos transporta a África, concretamente a Namibia, para ahondar nuevamente en la proyección del deseo humano, pero enfocada esta vez hacia la vida salvaje de quienes deberían ser nuestros congéneres y no capturas con las que saciar los sádicos anhelos para disfrute de el ocio y propio regocijo de sus cazadores. Personajes deleznables que ni siquiera son conscientes de su vileza y menos aún, de su carencia de sensibilidad e ignorancia abismal.

Hablamos de los animales sí, pero también de la relación interracial humana, para que nos entendamos, de la relación entre blancos y negros. Y es que no es por capricho ni casualidad que en "Safari" no solo seguimos a personas, familias, padres e hijos adolescentes que tienen en la matanza de animales salvajes uno de sus grandes placeres y principales razones de existencia. También se nos expone como los blancos se dedican a disparar y matar mientras los negros se encargan de desollar y descuartizar las presas (empezando por gnus y desembocando incluso en jirafas). Y es cuando directamente volvemos a los tiempos del colonialismo. En efecto, para echarse a temblar. La de "Safari" es una exposición tan frontal, cruda y dolorosa como necesaria y reveladora, que tal y como de Seidl podríamos esperar, tiene la capacidad de poner en evidencia a sus propios personajes desde la mera exposición, marcando una distancia que sin embargo, no evita que esta vez, y es aquí donde yace la gran novedad, se posicione a través del montaje y la escenificación de sus inconfundibles Seidl tableaux. Esta vez tocaba.





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