Crónica Sitges 2016: "Tenemos la carne" Borgman güey

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Sitges 2016: "Tenemos la carne" Borgman güey

Si hay un título que en esta nueva edición del Festival de Sitges esta llamado a incomodar, desestabilizar y retorcer al espectador, dividir a la crítica, provocar espantadas en la sala y crear varios y diversos focos de discusión tras su pase, ese es "Tenemos la carne". Agárrense los machos que vienen curvas.

¿De qué va?

En un México apocalíptico, Mariano pasa los días destilando y bebiendo alcohol, en una casa que pretende convertir en una cueva con forma de vientre materno. Cuando los hermanos Lucio y Fauna encuentran el lugar, le piden a Mariano que les acoja. A medida que la transformación de la casa avanza, el hombre iniciará a los chicos en una extraña relación sexual.

¿Quién está detrás?

Supone el debut en el largo de Emiliano Rocha Minter, artista interdisciplinar, nació en 1990. Inició su carrera a los dieciséis años, y desde entonces ha colaborado en más de una veintena de títulos, como fotógrafo, productor y director de fotografía.

¿Quién sale?

Un envilecido Noé Hernández, poderosísimo a nivel gestual, se proclama en la versión mexicana de Jan Bijvoet ("Borgman") con un registro taimado y sinuoso. Si lo calificáramos de malrollero nos quedaríamos cortos.


¿Qué es?

"Borgman" + "Año Bisiesto" + "Somos lo que hay"

¿Qué ofrece?

Lo que el incendiario debut del mexicano Emiliano Rocha refleja es una suerte de cruce entre "Borgman", "Año Bisiesto" y "Somos lo que hay" sumergido en los bajos fondos mexicanos. Un debut tan descarado como prometedor que bien podríamos presentar como una suerte de performance cinemática sublimemente escenificada donde se da rienda suelta a los deseos más primarios, pero ante todo retorcidos y alienados, de unos personajes que ya no albergan esperanza alguna de alcanzar un mínimo eco de felicidad. Bajo esta tenebrosa premisa y partiendo desde la esfera íntima, "Tenemos la Carne" logra sin embargo abrazar el más perverso y siniestro nihilismo social con un disposición artística tan magnética como radical que tiene en el incesto, el canibalismo o el sexo explícito, sus principales armas arrojadizas, así como en los Carlos Reygadas, Amat Escalante o Jorge Michel Grau sus inequívocos referentes. Sobre todo, a la hora de articular un provocativo y degradado análisis alegórico de México que en este caso emerge encerrado sobre las cuatro paredes de un edificio en ruinas que acaba por transformarse en una especie de vientre materno (cada uno que saque sus propias conclusiones) donde sus descarriados personajes dan rienda suelta a sus fantasías sexuales y también carnales (en el sentido literal de la palabra). Y lo hacen enmarcados por el más depravado carácter surrealista y onírico, así como propulsados por una enfermiza fascinación inducida por un personaje inclasificable pero sobre todo memorable, que sugiere toda clase de rasgos demoníacos. Controvertidos mimbres que gusten o no, al menos queda claro que dilapidan todo posible atisbo de indiferencia en el espectador, invitándole a profundizar en esta extraña combinación de realismo y terror a partir de su propia intuición e interpretación. Carnaza, en el mejor (o peor) de los sentidos. Según como se mire.





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