Crónica Sevilla 2018: "Vivir deprisa, amar despacio" a las puertas del cielo

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Sevilla 2018: "Vivir deprisa, amar despacio" a las puertas del cielo

La incursión de “Vivir deprisa, amar despacio” en Sección Oficial a competición del pasado Festival de Cannes bien podríamos interpretarla como la continuación a la búsqueda del éxito cosechado por las “120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo que le llevaron a hacerse con el Gran Premio del Jurado en la edición de 2016. Y es que ambas están unidas por una misma radiografía: la del padecimiento del SIDA. Una desde una vertiente mucho más social y reivindicativa, la otra, la que hoy nos toca, desde un enfoque mucho más personal e íntimo. Christophe Honoré compite ahora por el Giraldillo de Oro en el Festival de Sevilla con la que probablemente sea su película más sólida y contenida hasta la fecha. ¿La mejor? bien podría serlo.

¿De qué va?

Año 1990. Arthur es un joven estudiante de veinte años que vive en Rennes. Su vida cambia el día que conoce a Jacques, un escritor que vive en París con su joven hijo. Durante el verano, Arthur y Jacques viven una historia amor. Pero Jacques sabe que este amor lo tiene que vivir rápidamente.

¿Quién está detrás?

Es uno de los principales 'enfants terribles' del actual cine francés, estandarte queer cuya polémica condición se ganó a pulso con su retorcido, oscuro y desolador retrato maternal ofrecido de la mano de Isabelle Huppert en "Ma Mére", una incestuosa visión que marcó la controvertida senda a seguir de títulos irreverentes y transgresores como fue el caso de "Homme au Bain""Las Bien Amadas" o más recientemente "Metamorphoses". No es el caso sin embargo de "Vivir deprisa, amar despacio", la que probablemente suponga la película más sólida de toda su carrera, donde sorprendentemente las estridencias y rupturas brillan por su ausencia.

¿Quién sale?

Ellos son Pierre Deladonchamps ("El Desconocido del Lago", "El hijo de Jean”) y Vincent Lacoste ("Hipocrates""Los casos de Victoria"). Dos actores que representan la frescura y el lado deshinibido y jovial del actual cine francés. Tras la aparente insolencia que transmiten sus rostros a través de sus miradas y gestos, en realidad yace un irrefrenable pasión y una profunda sensibilidad.

¿Qué es?

La película que dignifica el padecimiento del SIDA. Algo así como el “Philadelphia” que rodaría Xavier Dolan.

¿Qué ofrece?

Sin presentar grandes alardes, algo nada reprochable, “Vivir deprisa, amar despacio” bien podríamos definirla como un canto a la muerte tanto como un canto de vida, una película donde colidan y conviven la experimentación del primer amor (en el caso de Arthur, personaje interpretado por Vincent Lacoste) y el último amor (en el caso de Jacques, personaje interpretado por Pierre Deladonchamps). La flor de la vida frente al crepúsculo de la misma. Es la irrupción de un mismo sentimiento en etapas vitales completamente opuestas. Una apasionante a su vez que melancólica historia de amor  que se enmarca en el París de los años 90 para directamente abrazar el marco autobiográfico y hablarnos así su director de su propia experiencia de vida. Y es que no por casualidad, Arthur es un estudiante bretón que lee a Jean-Luc Lagarce, escucha a Noir Désir, que vive en permanente contacto con el pánico del Sida y que a los 22 años decide finalmente irse a estudiar a la capital del amor. Es decir, tal y como fue el caso del propio director. Suyos fueron los deseos y temores de toda una generación. 

La confrontación del amor iniciático con el crepuscular es la premisa sobre la que Christophe Honoré dignifica el adiós a la vida a manos del virus del Sida. La vitalidad frente a la depresión y desaparición. Y es que no precisamente por capricho, “Vivir deprisa, amar despacio” es una película muy estilizada, decididamente pop, en la que constantemente reina el color azul. Ese azul que tiene un significado depresivo (es el color que tiñó la etapa más apesadumbrada de Picasso) pero también celestial, ese azul dual que directamente nos evoca el color del cielo y del mar. Aquí no hay lugar a las habituales excentricidades ni a las rompedoras fugas del responsable de "Metamorphoses". Si lo hay, en cambio, al profeso del amor sin ambages, al sentimiento más incondicional y puro. La constante presencia de la nostalgia no dejan lugar a la lágrima. El sufrimiento se expresa y presiente en todo momento a pesar que su padecimiento físico se sitúa siempre fuera de campo. El miedo como principal síntoma, el amor a los placeres de la vida como su único antídoto. Es la crónica de un adiós nada complaciente pero que se siente emocionante y digno, cuyo título español lo resume y sintetiza a la perfección: "Vivir deprisa, amar despacio". Eso mismo.



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