Crónica Sevilla 2018: "Ray & Liz" tainted love

Autor: Elodie Mellado

Crónica Sevilla 2018: "Ray & Liz" tainted love

El fotógrafo Richard Billingham adapta al medio cinematográfico su aclamada serie de fotografías “Ray’s a laugh” en un ejercicio autobiográfico a la altura del mejor cine de Terence Davies y Bill Douglas y con la ayuda de un inmejorable compañero de la imagen, Daniel Landim, director de fotografía de la mismísima "Under the Skin". Viajamos a los ochenta, a la era Thatcher, a las moquetas manchadas, las paredes que se deshacen y el futuro que solo se encuentra en el fondo de un vaso.

¿De qué va?

En las afueras de Birmingham y en los márgenes de la sociedad, la familia Billingham lleva a cabo rituales extremos, rompiendo tabúes en una vida determinada por factores que escapan a su control. Basada en las memorias del fotógrafo y director Richard Billingham, la película se centra en sus padres Ray y Liz, su relación y el impacto que tuvieron en Richard y su hermano pequeño Jason.

¿Quién está detrás?

Richard Billingham da el salto al cinematógrafo para revivir las imágenes que ya capturó en su aclamada serie de fotografías “Ray’s a laugh” y lo hace acompañado de otro gran nombre como es el de Daniel Landin, nada menos que el director de fotografía de “Under the Skin”. Juntos han emulsionado una obra sofocante que nos enclaustra en las paredes ocres y desconchadas de una familia de clase baja que malvive a base de subsidios en la era Thatcher.

¿Quién sale?

Justin Salinger y Ella Smith son Ray y Liz, los encargados de dar vida a los padres de Billingham en el que ya se puede considerar como el trabajo más destacado de sus filmografías. Completan el reparto caras conocidas para los más seriéfilos, como Tony Way, uno de los muchos y memorables secundarios de “Juego de Tronos”.

¿Qué es?

Terence Davies y Bill Douglas en el universo fotográfico de Martin Parr.

¿Qué ofrece?

La infancia de Richard Billingham y la relación disfuncional con sus padres ha marcado gran parte de su obra artística: primero como una serie de fotografías, más tarde con un cortometraje y finalmente con un largo compuesto por tres episodios diferenciados pero profundamente conectados que nos trasladan con un realismo abrumador a aquellos ochenta de la era Thatcher, que para quiénes no lo vivimos, siempre los imaginamos con tonos ocres, moquetas manchadas con un profundo olor a humedad y cigarrillos y sofocantes cubículos llamados habitajes donde personajes sin futuro alguno vacían la botella como única ambición en su día a día. La opresión no solo se vivía en la esfera pública, también en la privada, algo reforzado por una cuidadísima imagen en cuatro tercios que enclaustra tanto a personajes como espectadores.

Toda la acción transcurre en el hogar familiar, si es que podemos llamarlo de así, la reconstrucción mental y física que Richard Billingham ha llevado hasta el extremo del realismo tomando como referencia sus propios recuerdos y también el auténtico bloque de pisos en el que cohabitó con sus padres durante su infancia. El propio director decide tomar un rol pasivo en esta recreación cinematográfica de la memoria, y es su hermano menor, Jason, quien acapara un mayor protagonismo. Es a través de sus ojos con los que observamos lo más crudo de esta vida anodina, que pasa entre piezas de puzles y la espera para el siguiente subsidio. La sordidez se fusiona con un sentido del humor sucio y retorcido, quizá el único que puede emplearse en un lugar como ese. Una de las virtudes de Billingham es que, si bien condena hasta cierto punto a sus padres por la negligencia en sus cuidados, también sabe dejar espacio para el perdón, mostrando la imposibilidad de sus progenitores para regalar un amor que les es desconocido. La desidia más absoluta dada por un contexto social opresivo y desolador que ha marcado el pasado reciente de ese lugar llamado Gran Bretaña y que amenaza con volver en los primeros compases de la era del Brexit.



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