Crónica Sevilla 2018: “Pity” lágrimas de cocodrilo

Autor: Elodie Mellado

Crónica Sevilla 2018: “Pity” lágrimas de cocodrilo

El habitual co-guionista de Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou, se une a Babis Makridis para esta última incorporación en la brillante trayectoría del cine griego contemporáne que se estrena ahora en España en el Festival de Sevilla. Una portentosa tragicomedia griega de estilizado formalismo y esperado humor dead-pan que nos lleva por los caminos de la pena más demencial y psicopática. 

¿De qué va?

Cómodamente instalado en la tristeza, un abogado acaudalado desgrana los días del coma de su mujer. Un adicto a las mieles del sufrimiento y las condolencias, capaz de cualquier cosa a la mínima que las “buenas nuevas” asoman, pues solo puede estar completo cuando es infeliz.

¿Quién está detrás?

El debut del cineasta griego Babis Makridis no podría haber estado mejor acompañado. Después de “abandonar” a Yorgos Lanthimos en su periplo norteamericano con “La favorita”, Efthymis Filippou, su guionista habitual desde “Alps”, acompaña a este alumno para quien ya escribió el libreto de su primer largo, “L” allá en en 2012.

¿Quién sale?

Yannis Drakapoulos se reinvidica como actor de pleno derecho dentro del cine griego más hierático e inexpresivo tomando el rol protagonista de “Pity” tras aparecer secundariamente en nuestra querida “Chevalier”. Quien queda relegado a una posición más desapercibida pero no menos importante es Makis Papadimitriou, para todos aquellos habituales en Filmin, la estrella de nuestro hit veraniego “Suntan”.

¿Qué es?

El cliente favorito de los protagonistas de“Alps”

¿Qué ofrece?

"El llanto es el sentimiento humano que más incomodidad nos causa fingir", advierten unos rótulos en solemne tipografía monocromática antes de abrir plano y encontrarnos a un lastimoso hombre llorando en la esquina de su cama. Nos movemos ligeramente incómodos en nuestros asientos mientras desde la más pura consciencia metacinematográfica sabemos que Yannis Drakapoulos finge sus lágrimas. El cine griego es una cosa muy seria, o no, dependiendo de los ojos de quien lo mire, y mientras los amantes del humor más esquinado han encontrado su particular paraíso en la filmografía helénica, aquellos de corazón más sensible se preparan para hora y media de agónico sufrimiento. Con Grecia no hay medias tintas que valgan, y a golpe de título han ido construyendo unas señas de identidad tan propias que su disasociación se ha vuelto un imposible. Si en Francia sus celebradas comedias románticas podrían ser el equivalente gastronómico de un dulce, en Grecia la digestión se convierte en puro ácido tragicómico. Y es que si entendemos el cine como un reflejo de las pulsiones sociales que laten en cada país de origen, en la filmografía griega contemporánea nos encontramos con un desolador retrato de un estado anímico totalmente condicionado por su trágica historia reciente. La pena hasta sus últimas y fatídicas consecuencias.

Esta es la mismísima génesis de “Pity”, una nueva incorporación a este distinguido y particularísimo cine que viene firmada por algunos de sus principales impulsores, como Efthymis Filippou, co-responsable de gran parte de la filmografía de Yorgos Lanthimos. Si la melancolía se ha descrito como la felicidad de estar triste, en “Pity” este sentimiento se convierte en demente necesidad cuando el protagonista pierde su único sustento en la vida: recibir la compasión de los demás ante el coma supuestamente irreversible de su mujer. Esa palabra ahogada que queda en la boca de quien le consuela es lo único que le impulsa para seguir viviendo, hasta que lo más fatídico e inesperado ocurre: su mujer se despierta. Tal convulsión vital pronto desata en él una espiral de violencia y psicopatía emocional que, como no podría ser de otra manera viniendo del cine griego, se vive desde un estatismo y distancia formal que haría sentir orgulloso al mejor Haneke. Los golpes se van sucediendo de la más sutil de las maneras y aquí no hay títere que vaya a quedar con cabeza: desde la masculinidad más señorial que reduce a la mujer a objeto de mobiliario a la burguesía más acomodada que demanda su ración de atención al mundo. Y es que la obsesiva búsqueda de condescendencia por parte de su protagonista bien podría trasladarse a toda una Grecia. El coma de su mujer bien podría simbolizar el 'rescate' de Europa.


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