Crónica Sevilla 2017: "Zama" la espera interminable

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Sevilla 2017: "Zama" la espera interminable

La interminable espera ha merecido sobradamente la pena. En pocas palabras, "Zama" es la película más inmensa y apabullante en la filmografía de Lucrecia Martel y, probablemente, una de las experiencias más hermosas y cautivadoras que un servidor habrá disfrutado a lo largo de este año. Obra magna, vamos.

¿De qué va?

“Zama” sigue la historia de Don Diego de Zama, un funcionario de la Corona Española que espera un permiso de traslado a Buenos Aires desde la ciudad de Asunción en el siglo XVII. Desesperado por la interminable espera, decide emprender la misión de atrapar a un peligroso bandido con el fin de recuperar el prestigio de su nombre y hacer méritos frente a la Corona.

¿Quién está detrás?

Una de las adaptaciones más esperadas de los últimos tiempos al fin toma forma bajo el mando de El Deseo de Pedro y Agustín Almodóvar.Publicada por primera vez en 1956, Zama está considerada de manera unánime como una de las grandes novelas del siglo XX en lengua española. Se trata de una novela de culto escrita por Antonio di Benedetto, tan popular en su Latinoamérica natal como lo es difícil de conseguir en España (en Amazon la podéis encontrar por la friolera de 100 euros). Tras las magistrales "La Ciénaga" (2001), "La niña Santa" (2004) y "La mujer rubia", Lucrecia Martel al fin vuelve al ruedo.

¿Quién sale?

Con permiso de Lucrecia Martel y en mucha menor medida de la agradecida participación de Lola Dueñas, "Zama" es ante todo Daniel Giménez Cacho. El que nos brinda es un tour de force a nivel físico y gestual, no al alcance de cualquiera.

¿Qué es?

O más bien lo que debió ser. Un incontestable León de Oro.

¿Qué ofrece?

La literatura siempre ha sido una de las mayores fuentes de inspiración del cine, muchas veces respondiendo a la ambición de llevar obras ya de por sí magnificentes a un nivel todavía superior. El riesgo de este tipo de apuestas es evidente, y muchas producciones se han estrellado en intentos casi impensables, mientras tantas otras has salido victoriosas y reconocidas. Pues bien, en este aparentemente inalcanzable grupo es donde incluimos "Zama". Y no, la responsable de semejante logro no podía ser otra que Lucrecia Martel. Con tan sólo tres largometrajes en su haber, la directora argentina ha conseguido que su filmografía sea considerada como una de las más relevantes del continente latinoamericano. Desde el principio su cine ha despertado un gran interés, lo que ha favorecido la selección de sus obras en los principales festivales del mundo. En el caso de "Zama" sin embargo, tuvo que ser Fuera de Competición en Venecia donde definitivamente fue mundialmente estrenada. Una decisión incomprensible para un servidor, ya que ni tan siquiera en toda la Sección Oficial a Competición del pasado Festival de Cannes disfruté una película tan única, personal y al fin y al cabo, necesaria de reivindicar. Hablamos de la que supone su película más ambiciosa, arriesgada y definitivamente antológica hasta la fecha. Y esto es mucho decir viniendo de donde viene Lucrecia Martel, lo sé.

De buenas a primeras, "Zama" diría que juega la exclusiva liga de "The Assassin" y "Jauja" o incluso "Qué difícil es ser un Dios". Tres miradas antiépicas que se encuentran en su afán por elevar el cine a una nueva dimensión, por embarcar al espectador un trayecto de abrumador potencial sensorial y estético, marcado asimismo por un carácter intrínsecamente existencial. Todas ellas anteponen sin miramiento alguno la propuesta formal al núcleo narrativo, la disposición estética al desarrollo del argumento, haciendo sentir así al espectador que literalmente sea parte del plano, que de forma incorpórea levite y se suspenda sobre él. Y en el particular caso de "Zama", que el delirio causado por la interminable espera en la que esta inmerso su protagonista sea también el nuestro. 

Con toques de un humor inspiradamente esquinado, con un aura surrealista que directamente abraza el universo kafkiano, beckettiano y hasta buñueliano, asistimos al involuntario confinamiento de un funcionario inmerso de lleno en la decadencia colonialista de un imperio a merced de la más absurda burocracia. Pasaba entonces y sigue pasando ahora. Hablamos de hora y media de esquizofrenia donde la cámara permanece en todo momento incrustada a sus personajes hasta que de forma acertadamente abrupta, encuentra la puerta de salida (la nuestra, que no la de su protagonista) hacia un alucinado y selvático tercer acto enmarcado por un apoteósico trabajo fotográfico. Una merecida catársis final que presenta ecos de Herzog y hasta de "Z. La ciudad Perdida" de James Gray. Y ahí lo dejo, toca experimentarlo. Lo dicho, obra magna.




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