Crónica Sevilla 2017: "Ramiro" la vida abismal

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Sevilla 2017: "Ramiro" la vida abismal

Agradecida es siempre la presencia de la comedia en Sección Oficial de un Festival de importancia capital como es el caso de Sevilla. No son muchas las oportunidades que desde los certámenes cinematográficos se abren a la presencia de un género que más allá de su cariz tradicionalmente popular, aglutina también obras con un irrebatible sello autorial. Ha sido el caso de "Un Sol Interior" y es, también, el caso de "Ramiro". Sevilla bien ha tenido en unir por la inesperada senda de la comedia dos nombres clave en el cine contemporáneo europeo: Claire Denis y Manuel Mozos. Bien por ellos y sobre todo, bien por nosotros. 

¿De qué va?

Animales de costumbres que somos, nos terminamos instalando cómodamente hasta en el mayor descontento. Ahí justamente yace amodorrado Ramiro, dueño de una librería de segunda mano y escritor en perpetuo (y conveniente) bloqueo. Sus vecinas (una adolescente preñada y su abuela que se recupera de un soponcio) le traerán sin querer un “regalo” (en forma de ex-convicto) que se instala frente su televisor, propiciando una ruptura en su cuadriculada y ceñuda rutina. La vida de Ramiro se convertirá así, literalmente en una telenovela. 

¿Quién está detrás?

Manuel Mozos es un referente para las diferentes generaciones del cine portugués en sus labores como director y montador, y por su trabajo en la Cinemateca Portuguesa. "Ramiro" supone el quinto largometraje de un tapado por grandes referentes del cine luso como es el caso de Pedro Costa o Teresa Villaverde, aunque hablemos de un nombre igualmente encumbrable.

¿Quién sale?

Desde la inexpresividad y la fisicidad, António Mortágua es Ramiro y es también, el alter ego de su director, Manuel Mozos. Sus miradas, sus gestos y andares hablan por si solos. 

¿Qué es?

La deconstrucción de un culebrón.

¿Qué ofrece?

"Ramiro" es una comedia no al uso. Y lo es a pesar de que el tema del escritor en crisis creativa y la deriva existencial a la que su frustración profesional le parece abocar es una carta de presentación aparentemente recurrente que en manos de Mozos sin embargo, abraza una distinción que le hace única en su especie. Bien podría ser por su particularísimo carácter vintage (hablamos de un librero y un poeta que a pesar de ser consciente de que la poesía no se vende, de que la lectura en papel se extingue, no es capaz de redirigir su rumbo ni aceptarlo) también por su personalísimo contexto autobiográfico (recordemos que el cineasta luso es archivador en la Cinemateca portuguesa además de realizador, es decir, cambiamos literatura por cine) y sobre todo, porque pese a la supuesta pesadumbre que constantemente le acecha y envuelve (su protagonista apenas atisba una sola sonrisa en una única secuencia) "Ramiro" revela en su interior un corazón tan soterradamente emocional como reveladoramente tierno y vital. Lo lángido acaba por resultar luminoso (y gracioso) sin apenas golpes de efecto gracias a la melancólica sucesión de acontecimientos cotidianos, pero igualmente significativos, que Manuel Mozos teje en torno a "su" Ramiro sin dejar lugar alguno a la incursión del tono absurdo o el surrealismo, aunque si al humor esquinado. Un desarrollo argumental digno de escabrosa crónica de sucesos acaba por resultar en una fábula urbana y sobre todo humana, íntima y entrañable donde las haya. En efecto, hablamos de la deconstrucción de un posible culebrón propulsado por una inclasificable sonrisa. Un rara avis como la vida misma.


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