Crónica Gijón 2019: “El viaje de Lillian” sin retorno

Autor: Elodie Mellado Fuente: Filmin

Crónica Gijón 2019: “El viaje de Lillian” sin retorno

Apadrinada por uno de los grandes referentes del cine documental contemporáneo como lo es todo un Ulrich Seidl, el debut en la ficción del aclamado y provocativo documentalista Andreas Horvath llega al Festival de Gijón tras sorprender en la Quincena de Realizadores del último Festival de Cannes. Hablamos de una historia real, la de una joven inmigrante que decide regresar a su originaria Rusia partiendo desde Nueva York tras no encontrar trabajo y caducarse su visa. "El viaje de Lillian" nos lleva de costa a costa revelándose así en un contundente y desolador fresco de la América profunda. Tuvo lugar 100 años atrás, sin embargo se siente de rabiosa actualidad. Tan lejos, tan cerca de Trump.

¿De qué va?

Una inmigrante que vive en los Estados Unidos decide volver caminando a su país de procedencia, Rusia, debido a que su Visa en el país ha caducado.

¿Quién está detrás?

Dos pesos pesados de la escena documental austríaca. Por un lado, Ulrich Seidl, ya consolidado como uno de los grandes nombres de la no ficción europea gracias a sus quirúrgicos trabajos de disección social en películas como “Safari” o su “Trilogía del Amor, la Fe y el Paraíso”, cumple esta vez con el papel de productor. Al otro lado Andreas Hovarth, escritor, camarógrafo, documentalista y artista todoterreno, un virtuoso de la imagen que vuelve con “El viaje de Lililian” a retratar la Estados Unidos más profunda, como ya hiciera en “This Ain’t No Heartland” (2004), un estudio de la temperatura social en el Midwest americano durante la Guerra de Iraq o “Earth’s Golden Playground” (2013), un viaje al pasado de la fiebre del oro en las tierras de Alaska, más concretamente Yukon, un paisaje al que también regresa en esta ocasión.

¿Quién sale? 

Ella y solo ella, Patrycja Planik, impasible e imparable. Es su fuerza arrolladora para seguir adelante la que mueve la película a partir de una actuación donde impera el hieratismo más absoluto. La idea de Horvath de vaciar de carga ideológica e identitaria al personaje lo convierte en una especie de fantasma en el que cualquiera podría proyectarse, actualizando la funesta leyenda de una joven rusa que partió de Nueva York para cruzar toda América y llegar a su hogar. Una titánica tarea que jamás pudo completar, lo cual le ha llevado a formar parte de uno de los mitos más trágicos de la historia estadounidense de los años 20.

¿Qué es?

El alienado y tétrico universo de Ulrich Seidl colisionando frontalmente con el espíritu indomable y aventurero de Werner Herzog.

¿Qué ofrece?

La recreación del pasado, de las personas y los hechos que vivieron, se puede abordar desde el cine de una multitud de formas distintas. Quizá por eso la formación documental de Andreas Hovarth le ha llevado a adaptar esta historia real desde una de las formas más respetuosas posibles. Partiendo de una leyenda de la América de los felices años 20, el documentalista austríaco aborda su primer largometraje de ficción haciendo uso de una imponente apuesta por el cinema verité. Así pues, la construcción de su personaje pasa por un vaciado extremo tanto de su identidad, ideología como personalidad, sin perder en el proceso ni un ápice de su humanidad. Universalización en el más puro de los sentidos para una historia marcada por la violencia social sí, pero también institucional, que sufre  en tierra ajena un cuerpo extraño vulnerable y desubicado.

Esta tierra, la de las oportunidades, ahora perdidas, es un Estados Unidos enamorado de sí mismo, de una bandera bañada en sangre y de un pasado que, en demasiadas ocasiones, se camufla como glorioso cuando realmente es todo lo contrario. Un demoledor ejercicio de desmemoria histórica en el que el racismo y el rechazo comandan un país fundado con el sudor de los inmigrantes y los esclavos afroamericanos, cuyo espíritu difuminado late en cada remoto pueblo en el que la protagonista va a parar en a través de su interminable periplo. Inabordable odisea que es enmarcada desde un trabajo de cámara más cercano al documental que a la ficción. Oscuridad, y en ocasiones también luz, que transluce con los actos individuales de algunos personajes que abandonan los prejuicios para coquetear con al altruismo. Lo mismo da, su desencantada y desconfiada protagonista siempre prosigue su camino hacia ese lejano y salvaje Oeste con absoluta determinación a medida que se adentra cada vez más en la brutal naturaleza, casi tan amenazante y desoladora como el resto de los lugares supuestamente civilizados que ha visitado. Fronteras naturales que nos golpean con un profundo desasosiego poético, hasta el punto que la propia cámara de Hovarth se muestra en ocasiones irónica con la joven Lillian, enmarcando unas nubes que parecen señalar un camino que no puede ser recorrido. Una walk movie, con todas sus letras, donde no queda otra que abandonarse a la más pura misantropía mientras en la oscuridad de la sala tan solo podemos preguntarnos por qué nadie fue capaz de salvaguardarla y si, en algún momento, nosotros fuéramos ese alguien, hubiéramos llegado a hacer algo. Quizá la respuesta no esté tanto en el individuo, como en el colectivo.



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