Crónica Gijón 2018: "Zaniki" el último mohicano

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Gijón 2018: "Zaniki" el último mohicano

"Un homenaje a los valores musicales y culturales de su tierra protagonizado por personajes mágicos, sonidos atávicos y músicas ancestrales”". Así se nos presenta la nueva película de Gabriel Velázquez. Rodada en parajes de la provincia de su natal Salamanca, es el propio director quien afirma de "Zaniki" que "es puro Folk. Recoger nuestras tradiciones y contárselas a los demás para que no se nos olvide quiénes somos, ni de dónde venimos"

¿De qué va?

Eusebio Mayalde es un chamán que aúlla como los lobos en las noches de luna llena. Y también un folclorista que hace música con cucharas, con sartenes y hasta con sus propias manos. La naturaleza ha decidido que ha llegado el momento de transmitir su saber a Zaniki, su nieto de ocho años. En un viaje iniciático se echan los dos al monte, en el confín de la meseta castellana, para compartir los ritos más atávicos de su tierra, hasta que Zaniki tome el relevo como nuevo trovador de la tradición.

¿Quién está detrás?

Uno de los realizadores más radicales y personales de nuestro cine. Responsable de las aclamadas y premiadas "Análisis de Sangre Azul", "ärtico" o "Amateurs"Gabriel Velázquez vuelve a competir en Sección Oficial del Festival de Gijón tras hacerlo previamente con "Iceberg". Tras protagonizar un primer acercamiento al folklore salmantino en 2001 con su cortometraje "Charrosis", el realizador charro vuelve a escarbar en las tradiciones ancestrales de su Salamanca natal echándose en este caso de cabeza al largo.

¿Quién sale?

 "Zaniki" está protagonizada por el icónico grupo de folk salmantino Mayalde, con su líder y Eusebio Mayalde a la cabeza, y su nieto, Zaniki, en el corazón de ella. Hablamos de un grupo de música salmantino ligado a la tradición ancestral como ninguno, que nace en 1980 fruto de un matrimonio (el grupo lo conforman Eusebio y Pilar junto con sus hijos Laura y Arturo), cuya originalidad y distinción reside en sacar música a partir de cualquier elemento, hasta tal punto que utilizan cualquier objeto cotidiano para producir sus ritmos y para hacer música: desde cucharas a orinales pasando por los útiles propios del campo.

¿Qué es?

El último mohicano (charro en este caso)

¿Qué ofrece?

La transmisión generacional como vía para salvaguardar la tradición. Gabriel Velázquez hace las veces de arqueólogo, además de cineasta, para ahondar en las tradiciones rurales de los parajes más remotos de su originaria Salamanca, lo que da pie a un hermoso y genuino híbrido entre ficción y documental que reivindica los valores de la tierra charra y la importancia de mantener vivas sus costumbres. "Zaniki" se erige así en una suerte de entrañable fábula folk protagonizada por abuelo y nieto. Un abuelo que con su aire de chamán de otros tiempos reúne a su único vástago alrededor de una fogata para contarle historias extraordinarias sobre un arte ancestro. Personaje carismático y persistente donde los haya, Eusebio no cesa en su lucha por reivindicar e inculcar su música, así como la unión con la naturaleza, lo que asume como una obligación moral en tiempos de globalización. "Dos cucharas pueden enseñarte más de la vida que una carrera entera de psicología" espeta Eusebio a la profesora de Zaniki en un momento de la película. ¿Afirmación excesiva y desmesurada? probablemente ¿significativa y necesaria? desde luego. Y es que al igual que pudiera suceder con la perdida de un dialecto, perder su música conllevaría renunciar a parte importante de una cultura y, en consecuencia, de una identidad propia. Algo que parece tener muy claro en su incesante lucha por preservarla. 

Raíces profundas que a su vez penetran en un retrato sentido y entrañable de una familia fervientemente arraigada a las costumbres y tradiciones de una tierra. Criaturas extrañas en peligro de extinción de quienes bien deberíamos tomar ejemplo y protegerles. Es lo que precisamente hace Gabriel Velázquez a través de una obra tan apacible como definitivamente apasionante, en cuyo final justifica desde un espectro absolutamente conmovedor su obligada incursión en la ficción. De hecho, es precisamente su cara inventiva la que nos reafirma en la importancia y necesidad de reivindicar la herencia de las tradiciones. Ojalá todos fuéramos Zanikis, por descontado que viviríamos en un mundo mejor.




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