Crónica Donosti 2019: "Patrick" el hijo de nadie

Autor: Gerard Cassadó

Crónica Donosti 2019: "Patrick" el hijo de nadie

El actor portugués Gonçalo Waddington debuta como director atreviéndose a abordar, desde un punto de vista nada obvio, un tema tan oscuro como el de las redes internacionales de pederastia. Su propuesta, una de las más arriesgadas de toda la sección oficial, especialmente por el inesperado trayecto que recorre el film, ha dividido las opiniones en el festival. 

¿De qué va?

Patrick es la perfecta encarnación del mal. Con 20 años, dedica su tiempo a drogar a chicas para violarlas, grabarlas y subir a Internet los vídeos, mientras organiza ruidosas fiestas en el piso de su sugar daddy y reparte palizas por la calle. Cuando la policía le detiene sale a la luz su abominable actividad criminal, pero también su espeluznante pasado: con 8 años, Patrick, que en realidad se llama Mario, fue secuestrado en Portugal, su país natal, y desde entonces nadie sabía donde había estado ni con quién.

¿Quién está detrás?

Gonçalo Waddington es un actor bastante popular en Portugal, gracias sobre todo a su larga trayectoria en televisión. En España, pudimos verle, por ejemplo, en dos de las entregas de la trilogía de "Las mil y una noches", de Miguel Gomes. Tras dirigir los cortos "Nenhum nome" (2010) e "Imaculado" (2013), debuta en el largo con un film incómodo, nada previsible e incluso antipático, que huye del thriller que todos preveemos que será para apostar por el drama intimista, en una decisión que parece haber descolocado a más de uno pero que resulta coherente con sus intenciones.

¿Quién sale?

El joven actor Hugo Fernandes, al que vimos de niño en películas como "Luces de París" o "Cezanne y yo", se postula como el perfecto candidato a un hipotético remake europeo de "Tenemos que hablar de Kevin" construyendo un personaje complejo, sumido en la incomunicación y reacio a cualquier identificación o empatía por parte del espectador. 

¿Qué es?

"La propera pell", de Isaki Lacuesta + "El impostor", de Bart Layton, como punto de partida. Pero realmente la película traza un trayecto totalmente inesperado, que puede resultar frustrante si se la intenta valorar por lo que no es.

¿Qué ofrece?

En una de las secuencias más estremecedoras de la (vulgar) serie documental "La desaparición de Madeleine McCann", conocemos la historia de una madre portuguesa que llamó la atención de los medios de comunicación cuando, durante la abrumadora campaña mediática organizada tras la desaparición de la pequeña Madeleine, denunció el olvido al que la opinión pública había condenado a su hijo pequeño, desaparecido pocos meses antes en circunstancias similares. Su llamamiento posibilitó que la mujer fuera reclamada desde Bruselas, donde existe una unidad especial de delitos cibernéticos que opera a nivel internacional. En ella se conserva un dossier con miles de fotos de niños, capturas de pantalla de vídeos de redes de pederastas que han sido desarticuladas. La mujer descubrió en ese dossier el rostro de su hijo, que jamás ha sido encontrado.

Es muy probable que Gonçalo Waddington y su coguionista Joao Leitao tuviesen presente este caso cuando escribieron el guión de "Patrick", una película durísima que plantea, entre otros temas, en qué pueden llegar a convertirse aquellos niños que han sido víctimas de la mayor de las atrocidades de las que es capaz el ser humano. Identificándose con la doble identidad del protagonista, que nació como Mario y acabó convertido en Patrick, la película se divide en dos, algo que afecta incluso a su apuesta formal. En París, Patrick parece el prototipo de enfant terrible que podría protagonizar una película de Gaspar Noé. Pero cuando se le arranca la careta y conocemos su historia, la película viaja con él a Portugal, donde Patrick vuelve a ser entonces un niño pequeño de mirada esquiva y pocas palabras, totalmente desubicado en un hogar que para él ya no es hogar. La larguísima estancia de Patrick en Portugal es como un enorme bloque de hielo que petrifica la película. El tiempo se detiene para ser testigo de una imposibilidad. Porqué una madre que supera la pérdida de un hijo es incapaz de regresar a la casilla de inicio, y lo mismo le ocurre a un niño que fue despojado de su familia. El film concatena entonces monosílabos que no van a ninguna parte, miradas huidizas, puertas cerradas y silencios que van construyendo un clima cada vez más tenso, como el tic tac de una boma a punto de detonar. Si en París la película parecía de Gaspar Noé, en Portugal el film se mece en los brazos de Manoel De Oliveira.

Muchos parecen rechazar la decisión de Waddington de llevar a consciencia su película a un callejón sin salida que no solo va a condenar a todos sus personajes, sino que además va a hacer pesado y frustrante el viaje para el espectador. Pero la dureza e incomodidad de "Patrick" se fundamenta en esa decisión narrativa perfectamente acompañada por una puesta en escena sin concesiones, áspera, en la que cualquier atisbo de luminosidad está condenado a ser fugaz e inútil. Cuando Mario se convierte de nuevo en Patrick el film nos ha hecho partícipes de un doloroso fracaso humano y nos arroja a un desenlace que ya no puede ser liberador. Llevándolo al extremo, es como la condena de esa madre que reencontró la imagen del rostro su hijo allí donde jamás hubiese querido encontrarla.

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