Crónica Donosti 2018: Muriel Box, la cineasta olvidada

Autor: Francesc Talavera Fuente: Filmin

Crónica Donosti 2018: Muriel Box, la cineasta olvidada

Fiel a su imprescindible labor anual para recuperar figuras autorales dentro del patrimonio cinematográfico mundial, el rebautizado SSIFF, acrónimo inglés del hasta ahora conocido como Zinemaldia, o Festival Internacional de Cine de San Sebastián, nos ha hecho descubrir un nombre que, pese a incluso haber llegado a ganar un Oscar en 1947 como coguionista de “El séptimo velo”, muchos cinéfilos desconocíamos: el de Muriel Box. En esta 66ª edición, en connivencia con la Filmoteca Española y con la colaboración de las Filmotecas Vasca y Valenciana junto al Museo San Telmo, los responsables de la sección retrospectiva la han rescatado de un injusto olvido presentando un ciclo casi completo de sus obras como guionista y directora, con la excepción de algún cortometraje y unas pocas películas cuyo trabajo de guion no fue oficialmente acreditado.

Nacida en 1905 en el condado de Surrey, al sureste de Inglaterra, Violette Muriel Baker intentó forjarse sin éxito una carrera como actriz y bailarina para luego empezar a trabajar primero como mecanógrafa y luego como script en la productora British International Pictures. Tras contraer matrimonio con el entonces periodista Sydney Box en 1935, coescribió junto a él varias decenas de pequeñas obras para grupos de teatro amateur protagonizadas sobre todo por mujeres. En 1940, tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Sydney Box fundó la productora Verity Films con el objetivo de crear pequeñas piezas audiovisuales de propaganda de guerra. Fue en ese ámbito donde Muriel Box dirigió en 1941 su primera obra cinematográfica, el cortometraje documental “The English Inn”. La pareja empezó a escribir guiones de ficción terminada la guerra, y tras el éxito de “El séptimo cielo”, Sydney Box fue contratado para dirigir los estudios Gainsborough Pictures, una productora y distribuidora en la que ambos coescribieron varios guiones, comedias en su mayoría, cuyos personajes femeninos hacían ademanes para ser reconocidos como iguales dentro de una sociedad eminentemente patriarcal. Su frecuente labor rodando los retakes necesarios para el montaje durante la postproducción de las películas la llevó a ser finalmente acreditada como codirectora de “The Lost People” en 1949, y cuando su marido fundó la London Independent Producers, ella tuvo la oportunidad de iniciar su carrera como directora en solitario con “The Happy Family” en 1952.

Influenciada por las ideas progresistas de su madre, sus obras introducen el feminismo sin aleccionar ni hacer nunca panfletos, incorporando de forma natural y elegante la visión de la mujer como una figura equivalente a la del hombre que lucha con argumentos incontestables y cierta sorna por ser reconocida de ese modo. La comedia, el drama y el suspense, con sus intrigas hitchcockianas y sus referencias a Sherlock Holmes, condimentados con un romanticismo natural y sin azúcar, vertebran la mayor parte de su filmografía, rica en temáticas controvertidas de índole social. Se le añade puntualmente una cierta fascinación hacia los parajes exóticos, que adquiere especial importancia en “El vagabundo de las islas” o en uno de los episodios de “La verdad sobre las mujeres”. Esta característica está estrechamente vinculada a su pasión para contar historias, y no es de extrañar que buena parte de sus películas estén estructuradas alrededor de personajes que las relatan mediante el uso de flashbacks o de la voz en off. Así pues, sus personajes se apropian de su pasión narrativa y devienen ellos mismos contadores de historias. Uno de los casos más patentes lo encontramos en “The Passionate Stranger”, donde plantea un curiosísimo ejercicio que roza el metalenguaje más juguetón. En ella, un matrimonio acomodado contrata a un inmigrante italiano para que los ayude con ciertas tareas domésticas, ya que el marido está postrado en una silla de ruedas y necesita asistencia. Ella es novelista y un día que el italiano le hace de chófer deja su último manuscrito en el coche. Él decide echarle un vistazo mientras espera a que vuelva de hacer sus recados y entonces la película se convierte en la narración de la novela que el personaje está leyendo. El blanco y negro inicial se tiñe de color para volver a contar la llegada del italiano, pero hay detalles cambiados que progresivamente se alejan de lo que habíamos visto antes. Poco a poco se arma una historia en la que ambos se enamoran, y cuando el relato concluye, volviendo al blanco y negro, es el italiano el que intentará influir en la historia recreando las situaciones descritas en la novela con el objetivo de conseguir el mismo desenlace.

Otro ejemplo de pasión por contar historias lo encontramos en “Mis problemas con las mujeres”. En ella, el protagonista relata a su yerno varias aventuras amorosas que ha tenido a lo largo de su vida. Muriel Box declaraba que esta comedia sobre la guerra de sexos era una de sus favoritas entre sus propias películas porque le había permitido mostrar el estado de la mujer en distintas sociedades desde principios de siglo hasta entonces.

Y es que sus personajes femeninos son seductores y potentes, encarnan el erotismo y la feminidad, pero nunca llegan a ser sumisos, sino que abordan a los hombres de igual a igual, llegando incluso a intercambiar los roles clásicos. Así, es la chica de “29 Acacia Avenue” quien pide a su pareja que se case con ella, y es la prostituta de “Rattle of a Simple Man” quien lleva la iniciativa en todas las decisiones que arman el motor narrativo de la historia. En “Subway in the Sky”, la protagonista es quien se enfrenta con las consecuencias de las acciones de los hombres, armando un curioso filme casi hitchcockiano con alguna secuencia para el recuerdo, como esa violencia inusitada que se desata en su último tramo con un vil matricidio y una breve, aunque intensa e insólita lucha cuerpo a cuerpo entre la protagonista y el asesino que intentaban atrapar.

Esas peleas físicas son otra característica que se repite en distintas ocasiones a lo largo de su filmografía, como ocurre en la lucha de “Hermanos” en las cataratas campestres. Esa fisicidad tal vez fuera producto de una concepción de la acción más cercana al mundo del teatro, con el que había estado tan en contacto, y sin duda su forma de planificar es deudora de ello. Sus películas están contadas usando esencialmente planos medios y de conjunto para mostrar la gestualidad corporal de los actores y su interacción con los demás personajes. El predominio del desarrollo de la acción en unas pocas localizaciones interiores también hace emerger ese parentesco, ya que muchas de sus películas son adaptaciones de obras dramaturgas, pero Muriel Box también supo sacar provecho de las herramientas que le proporcionaba el medio cinematográfico. Elegía con sabiduría sus posiciones de cámara, y sabía moverla con sutileza y elegancia, buscando composiciones estéticas y potenciando la narrativa. Su conocimiento del lenguaje era profundo, y lo aprovechaba para jugar con él siempre que podía. Sirva de ejemplo el arranque de “La familia feliz”, donde vemos cómo un problema detectado en los planos de la obra de construcción del pabellón de exhibición para la exposición nacional de 1951 va siendo comunicado sucesivamente hasta las más altas instancias sin usar ningún diálogo.

Su prioridad para sacar el máximo partido de las interpretaciones de sus actores y una cierta tendencia a hacer obras corales le ayudaban a abordar temas polémicos, ya fueren de índole social, como su insistente obstinación por el tema de la bigamia, que aparece mencionada en distintas obras suyas, o las prácticas sexuales adolescentes, el aborto, y las enfermedades venéreas con las que trata en “Demasiado joven para amar”, o de calado político, como los entresijos surgidos a raíz de la propuesta de erigir un monumento en homenaje a un miembro del IRA en el pueblecito de “This Other Eden”. Las tragedias de los refugiados de guerra también aparecen habitualmente como temas centrales en algunas de sus historias, como en “The Lost People” o la magnífica “Portrait from Life”, dirigida por Terence Fisher. También en “Street Corner” ofrece una visión distinta de lo habitual, esta vez centrándose en el trabajo de las mujeres policía en una obra de ficción coral cuyo estilo se acerca a terrenos narrativos más típicos del formato documental.

A lo largo de su carrera cinematográfica, Muriel Box tuvo que enfrentarse con un sinfín de conflictos vinculados a un entorno controlado casi de forma exclusiva por hombres, e incluso sufrió intentos de veto por parte de actrices que no querían someterse a la dirección de una mujer. Lo intentó Kay Kendall en “Simon y Laura”, y lo consiguió Jean Simmons en “Extraño suceso”. Su tendencia a una cierta ridiculización de los roles masculinos, especialmente cuando actúan en grupo, no sentaba bien entre sus colegas de oficio ni tampoco entre los críticos que publicaban opiniones sobre sus películas. Tras luchar casi dos décadas en contra de las enormes dificultades para sacar adelante sus proyectos cinematográficos y la apática recepción de “Rattle of a Simple Man” en 1964, Muriel Box decidió abandonar el cine y perseguir su afán como autora literaria, creando la exitosa editorial Femina Books que inauguró en 1967 con un ensayo propio acerca de una activista feminista, “The Trial of Marie Stopes”. Habiendo descubierto las infidelidades de su marido, finalmente se divorció de él en 1969 para volver a casarse el año siguiente con Gerald Gardiner, un Lord Canciller del partido laborista y destacado defensor de los derechos de las mujeres. Incluso escribió una biografía sobre él, “Rebel Advocate: A Biography of Gerald Gardiner”, publicada en 1983. En 1991, Muriel Box murió en Londres a sus 85 años.

En total, el SSIFF ha exhibido veintitrés de sus películas en asombrosas copias en 35mm y cinco más en formatos videográficos de calidades inferiores reconvertidos a DCP. Todas ellas podrán ser recuperadas en las sedes de la Filmoteca Española en Madrid y de la Filmoteca del Institut Valencià de Cultura durante los meses de octubre y noviembre. Los que no tuvieron la suerte de disfrutarlas durante el festival no deberían dejar escapar esta segunda oportunidad para descubrir la obra de esta cineasta injustamente olvidada por todos durante tantos años.

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