Crónica Donosti 2017: "La vida y nada más" la fuerza del destino

Autor: Gerard Cassadó

Crónica Donosti 2017: "La vida y nada más" la fuerza del destino

Como si se tratase de la versión sin florituras de "Moonlight", el segundo largometraje de Antonio Méndez Esparza ("Aquí y allá") nos recuerda qué significa ser negro en Estados Unidos.

¿De qué va?

El padre de Andrew lleva mucho tiempo en la cárcel, y el joven debe afrontar su adolescencia sin una figura masculina de referencia y con más responsabilidades familiares de las que desearía. Su madre, Regina, trata por todos los medios que se mantenga alejado de la delincuencia, pero una corriente invisible parece llevarse a Andrew por el mal camino.

¿Quién está detrás?

Madrileño afincado en Estados Unidos, Antonio Méndez Esparza gano la Semana de la Crítica del Festival de Cannes en 2012 con su primer largometraje, "Aquí y allá". Con el segundo, "La vida y nada más", opta a la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. 

¿Quién sale?

Un nutrido grupo de intérpretes no profesionales (aunque nadie lo diría) entre los que destacan Andrew Bleechington y Regina Williams, hijo y madre en el film. A nadie le extrañaría que uno de los dos se llevara una Concha de Plata por su trabajo en el film.

¿Qué es?

"Moonlight" (Barry Jenkins, 2016) + "Rebelde sin causa" (Nicholas Ray, 1955).

¿Qué ofrece?

Resulta realmente llamativo el dispositivo formal con el que Antonio Méndez Esparza nos cuenta esta historia de marginalidad, protagonizada por un joven afroamericano que juega su partida vital con las cartas marcadas de antemano. El film se compone de muchísimas más secuencias de las que podríamos contar en un largometraje estandar. Son breves porciones de vida que, mediante un montaje diligente, hacen avanzar la historia con determinación. Y sin embargo, "La vida y nada más" es un drama de intensidad baja, de ritmo sosegado, que cuenta muchas cosas y abarca un largo periodo de tiempo, pero en el que no hay grandes sobresaltos.

En el periodo que va de un juicio a otro conocemos a Andrew y entendemos lo que significa pertenecer a un colectivo marginado. No es necesario que le apuñalen en cada esquina por ser negro, pues la vida conoce otras formas más sutiles de arrinconar a sus víctimas. El de Andrew es un trayecto predeterminado. Ni su madre, ni su entorno, ni el instituto... nada logra corregir su rumbo pues este responde casi a un código genético heredado.

Lejos de las filigranas estéticas y narrativas de "Moonlight", pero con una intención similar, "La vida y nada más" es precisamente eso: fragmentos de una vida condenada. La autenticidad de los actores no profesionales (que ofrecen un rendimiento altísimo), la ausencia de movimientos de cámara y la naturalidad escénica son elementos que construyen una narración de una veracidad arrolladora. Es una ficción que luce la verdad de los mejores documentales. Pero el mayor logro de Méndez Esparza es el respeto inmenso que siente por sus personajes a los que, gracias a ello, les otorga un merecido premio: el de la dignidad.


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