Crónica Donosti 2015: "High-Rise" jungla de asfalto

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Donosti 2015: "High-Rise" jungla de asfalto

El director de "Turistas" adapta el "Rascacielos" de J.G Ballard. Poca broma.  Las críticas divisivas que "High Rise" ha traído consigo desde Toronto (que tal y como probablemente pase en Donosti, van desde el más absoluto entusiasmo al más radical aborrecimiento), no habían hecho más que aumentar, aún más si cabe, nuestra expectación. Aquí no hay lugar a medias tintas. Imagínense el lunático concepto apocalíptico y la filosofía totalitarista sobre la que bascula "Snowpiercer" por un lado, la desmesurada fiesta en bucle que supone "El Lobo de Wall Street" por el otro, y personifíquenlo en el descerebrado estilo, la desbocada mirada del Terry Gilliam más delirante y loco. Y ahora sí, que vuele vuestra imaginación.

¿De qué va?

1975. Dos millas al oeste de Londres. El doctor Robert Lang se muda a su nuevo apartamento buscando un desangelado anonimato, solo para descubrir que los residentes del edificio no tienen intención de dejarlo en paz. Resignado a las complejas dinámicas sociales que lo rodean, Lang afronta la situación y se convierte en un buen vecino. Mientras trata de establecer su posición, los buenos modales y la salud mental de Lang se desintegran con el edificio. Las luces se apagan y los ascensores no funcionan, pero la fiesta continúa. La gente es el problema. La bebida, la moneda de cambio. El sexo, la panacea.

¿Quién está detrás?

Sugerente alianza la suya. Ben Wheatleyuno de los más interesantes y distintivos directores británicos de su generación (ha causado gran revuelo con películas tan provocadoras como Kill List o Turistas) se atreve con el quimérico reto que supone adaptar a uno de los autores de referencia de la llamada nueva ola de la ciencia ficción inglesa, como es el caso de todo un JG Ballard. Que tan solo encontremos ilustres nombres como los de Steven Spielberg ("El imperio del Sol") o David Cronenberg ("Crash") entre sus triunfadores antecesores, dice mucho de ello.

¿Quién sale?

Valiéndose tan solo de su imponente y elegante presencia, un contenido (mucho más de lo esperado, por cierto) Tom Hiddleston hace suya la película de principio a fin. El delirio interpretativo corre a cargo principalmente de unos enajenados Luke Evans (que paradójicamente es el más cuerdo) o James Purefoy (de él no podemos decir lo mismo). El necesario toque femenino (aunque en su trasfondo igualmente loco) es cosa de una sensual Sienna Miller y la siempre agradecida presencia de la "Mad Men" Elisabeth Moss (en su línea). Y como el gran arquitecto, más bien el jefe de todo esto, el gran Jeremy Irons en uno de sus papeles más destacables de los últimos años, en los que sus apariciones tan solo se han limitado a no más que anodinos papeles secundarios.

¿Qué es?

Algo así como un descerebrado cruce entre "Snowpiercer" y "El lobo de Wall Street" dirigido por el Terry Gilliam más loco.

¿Qué ofrece?

Tal y como en su momento lo fue el subversivo maestro literario al que adapta, "High-Rise" confirma a Ben Wheatly como un iconoclasta visionario de la modernidad y como no podía ser de otra forma, su novedosa incursión en el mundo de una distópica ciencia ficción viene acompañada de grandes aspiraciones. Su nuevo film está propulsado por una desbocada y enajenada base argumental, que no da tregua mientras recorre de abajo arriba un inabarcable rascacielos (en el que tienen desde piscina a supermercado pasando por incluso por un caballo) cuyos habitantes son sometidos a un régimen encubiertamente totalitario (mandan los de arriba, se someten los de abajo). Con todos sus defectos (que inevitablemente los tiene) y virtudes (que también las luce), estamos ante una obra de futuro culto, una adaptación intrínsecamente orwelliana que se siente tan desmesurada, delirante y desmadrada, como enfermizamente atractiva y absorbentemente frenética, cuyo asombroso diseño de producción se plasma sin embargo, y a diferencia de lo que su nihilista idiosincrasia podría implicar, de forma mucho más elegante y sofisticada que descacharrante o simplemente epatante (incluso hay planos en los que la presencia de Elisabeth Moss directamente nos llevan al universo retro estético de "Mad Men") y es que, no podemos olvidar que estamos en unos decadentes años 70, por más que en todo momento nos de sensación de transitar un volátil futuro.

Aquí no hay lugar a medias tintas. El lunático concepto apocalíptico y la filosofía totalitarista sobre la que bascula "Snowpiercer" (lucha de clases, un rascacielos en vez de un tren, los de abajo se rebelan contra los de arriba en vez de los de atrás contra los de delante, cada piso es una pantalla diferente y Jeremy Irons hace de Ed Harris) se da la mano con la desmesurada fiesta en bucle que supone "El Lobo de Wall Street", teniendo al Terry Gilliam más delirante y loco en el retrovisor. El resultado es un divertimento tan trastornado como anárquico, que se siente tan libre en la dirección (destacar más de una memorable transición al son del S.O.S. de Abba versioneado doblemente para la ocasión), como fiel a la inadaptable novela que descaradamente adapta. Con todo ello, uno tiene la sensación que el director británico ante todo, ha querido divertirse y divertirnos hasta la máxima extenuación. Y lo ha conseguido con un artefacto visualmente deslumbrante y un discurso profundamente demente que es cine fantástico, pero también es cine político, filosófico, en el que yace un discurso ambiciosamente social, pero que también resulta bizarramente cómico y estridentemente violento. Un espectacular batiburrillo a gran escala que entra en una espiral del dislate de la que no sale. Ni él, ni nosotros. Aquí hay de todo, y para todos. Tan agotadora como definitivamente asombrosa. Merece atreverse.

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