Crónica del Festival de la Habana (Día 2)

Fuente: Ariel Fernández Verba

Crónica del Festival de la Habana (Día 2)

Al día siguiente vuelvo al bar que está enfrente del cine para comentarle al camarero que, a pesar de la tristeza sobre la que parece fondear el cine latinoamericano, todavía quedan las formas, los modos en que cada uno cuenta lo que le pasa. Al fin y al cabo, los temas siempre fueron los mismos, y lo que prevalece, lo que nos hace avanzar, es el punto de vista desde el cual nos enfrentamos a lo que nos pasa.

Por ejemplo, una de las películas que ha llamado mi atención con respecto a este tema fue Juntos para siempre(2011) del director argentino Pablo Solarz. En ella seguimos desvelando los engranajes de esa forma de hacer cine en Argentina, donde parece que la tragedia cotidiana no está completa si no incluimos en ella el humor. El humor como parte de lo trágico. Este es el gancho que ya se pudo percibir con “El notificador” y que aquí se termina de definir.

Javier Gross es un guionista con cierto éxito que ha decidido encerrarse en la construcción de sus historias para esquivar los golpes que la vida le va dando, véase la locura familiar o los problemas de pareja. El ha conseguido desvincularse de las pulsiones del corazón hasta el punto de hundirse en la más frívola razón y llevarse consigo todo lo que le rodea. Los diálogos son astutos, divertidos, irónicos, la gente no para de reír con las desgracias de este pobre hombre, pero es aquí, cuando la película tiene al público en el bolsillo, en donde comienza a brotar la verdadera cuestión a tratar, y es justo aquí cuando no hay vuelta atrás y nos comemos el dramón entero.

Al final nos descubrimos atravesando el desierto que supone revelar todas las vidas que se fueron detrás de un “no”, de una palabra mal dicha, de que quizás, tal vez, no era la mejor época, el mejor momento; en definitiva, se trata de todas las vidas que se fueron detrás de la mujer que quisimos como a ninguna otra mujer y no supinos darnos cuenta a tiempo. 

El camarero me da la razón pero me invita a ver la siguiente proyección como si en ella estuviese su contra-respuesta. La película es “Habanastation” (2011), la cual él fue a ver hace ya unos meses con su novia, y me pide que luego vuelva al bar para que la comentemos. Acepto.

“Habanasatation”, del director Ian Padrón, parece ser la película revelación de este año en Cuba y, como bien me había comentado el camarero el día anterior, se trata de una película cubana más que habla de Cuba.  En ella nos encontramos con el viejo esquema de las clases sociales que por un error se encuentran una frente a la otra. Los protagonistas, dos niños, uno proveniente del barrio de Miramar (de clase alta) y otro de la Tinta (una especie de renombre que el director le da a La Timba, barrio marginal de la Habana). El uno descubre, con ayuda del otro, que la realidad no solo es aquello que sucede ante las narices respingadas de sus padres, el otro comprende que hay formas más nobles de enfrentarse ante la adversidad sin llegar a la violencia. Ambos, como es de esperar y a pesar de las diferencias, comparten ciertas similitudes, la ausencia de la figura paterna (uno siempre de viaje, el otro en la cárcel), las ganas de jugar (uno con su PlayStation, el otro con una cometa) y en esta dicotomía vamos despejando aquello que ya no solo corresponde al pueblo cubano sino que es de carácter universal: el respeto por las diferencias, la correspondencia entre infancias mas allá de las consecuencias económicas de un mundo cada vez mas atomizado y, al fin y al cabo, la construcción de la integridad de las personas desde el minuto cero.

Vale, no es muy original el planteamiento, pero sigue siendo necesario mostrarlo o, desde una mirada militante, es necesario seguir denunciando.

Así se lo hago saber al camarero, pero claro, aquí lo que no cuadra son las formas, no el contenido, y por su reacción entiendo que las formas en que uno plantea sus ideas son parte del mismo contenido, porque es en la forma donde se gesta la reacción de quien pasa dos horas atendiendo a un tema de sobra conocido.  

Para finalizar, y ya dentro del homenaje que el festival realiza al escritor Gabriel García Márquez, asisto a la proyección de la brasileña “La mala hora” (2005) de Ruy Guerra.

Por lo general, los escritores tratados como estatuas en vida suelen generarme cierta desconfianza,  y García Márquez es uno de ellos, por lo que el visionado de esta película estuvo pautado por esta idea y el resultado final también. Sin embargo, no puedo negar que el escritor colombiano sea un gran escritor y que Ruy Guerra supiera plasmar con puntualidad las atmosferas que esta novela desprende. El aire denso de un pueblo sumido en una silenciosa guerra, la lluvia constante, los secretos de sangre y el derrame visual  hacia un realismo mágico excitante. Una película oscura, con un agobio tan eficaz que incluso muchos espectadores hicieron suyo y terminaron por abandonar las butacas del cine. Yo, al igual que con las novelas del escritor, me quede hasta el final, pero todavía sigo sin entender porqué.

Ariel Fernández Verba

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