Crónica D'A 2020: "To the ends of the Earth" ¿tanto miedo nos tienes?

Autor: Adrián Sánchez

Crónica D'A 2020: "To the ends of the Earth" ¿tanto miedo nos tienes?

Una presentadora japonesa en plena crisis vital viaja a terreno desconocido (Uzbekistán) para realizar un programa cultural. De esta premisa parte “To the ends of the Earth”, nueva película del mítico realizador japonés Kiyoshi Kurosawa, maestro del J-Horror en los 90 y principios de los 2000, reconvertido en un excelente narrador dramático durante las últimas dos décadas. En esta ocasión, presenta un drama social con toques de musical que articula el choque cultural en relación a la desconexión entre el individuo y el espacio. Después de su paso por el Festival de Locarno de 2019, esta singular pero portentosa obra llega al D’A bajo el paraguas de la sección Direccions.

¿De qué va?

Una presentadora de televisión se pone a prueba a sí misma mientras graba su programa de viajes por Uzbekistán.

¿Quién está detrás?

El cineasta japonés Kiyoshi Kurosawa, no confundir con el maestro Akira, firma este drama sobre la incomunicación en el extranjero, distanciándose notoriamente de la línea de su filmografía más orientada al J-horror (a la que pertenecen películas como “Pulse” o “Cure”) y abrazando la vertiente social que expone en filmes como Tokyo Sonata, película con la que triunfó en la sección Un certain regard del Festival de Cannes. En resumen, todo un veterano del cine nipón.

¿Quién sale?

Atsuko Maeda, cantante de J-Pop que ya había colaborado con Kurosawa en “Before we vanish”, se pone en la piel de la presentadora que protagoniza el relato. A ella se le suma un nombre con tanta resonancia como el de Ryo Kase, que, a lo largo de su trayectoria, se ha puesto a las órdenes de maestros como Clint Eastwood, Martin Scorsese o Takeshi Kitano.

¿Qué es?

Un "Lost in translation" a la japonesa, con más hincapié en el desentendimiento entre culturas.

¿Qué ofrece?

La otredad y el yo son conceptos que, en el contexto de lo social, pertenecen a la cultura como principal objeto de análisis para percibir lo conocido y lo desconocido, y corresponde al cine, como arte de la realidad, plasmarlo y acentuarlo en la pantalla. Esta categoría del cine como herramienta para establecer la relación de un sujeto con su espacio, ya sea de manera convergente o divergente, ha sido explorada en numerosas películas a lo largo de las décadas. “To the ends of the Earth”, en ese sentido, recoge esta tradición para mostrar una historia, en cierto modo, extraña, de introspección de un personaje en total desconexión no solo con su espacio sino consigo mismo.

El choque cultural de Yoko, la protagonista, del filme, con el paisaje y la sociedad uzbeka, se narra de manera muy afilada a través de distintas escenas que construyen la identificación del espectador con sus habituales reacciones desencajadas ante lo desconocido. Esta dinámica, a lo largo del primer tramo del filme, se construye a través de la narración en primera persona. La cámara, cual sombra, se coloca siempre del lado de la protagonista, que espera a recibir las órdenes de sus compañeros de equipo, creando así distintas situaciones angustiosas, casi de manera cíclica, en la que Yoko se muestra como un ser totalmente apático, sin pulsiones, casi anulada por el espacio hostil y desconocido que la rodea, pero a la vez, sin queja alguna con respecto a ello. Así, el relato funciona a la perfección por lo angustioso de la situación, por la impotencia que crea empatizar con la protagonista pero que el personaje acepte sin protestar cada una de las escenas aleatorias que se le proponen, las cuales interpreta con una gran sonrisa bajo un manto subsistente de profundo desasosiego. La relación entre lo genuino y lo representado se tensa más que nunca en el seno del personaje, lo cual tiene su germen en la construcción de una dinámica hábilmente desarrollada de desconexión entre el individuo y el espacio.

En el segundo trecho de la obra, por su parte, Kurosawa muestra los elementos de desconexión personal, que evidencian, en cierto modo, la situación de desazón de la primera mitad. En este sentido, el filme toma un rumbo más introspectivo con respecto a la situación de la protagonista, presentando a su pareja, un bombero en Tokyo, y sus aspiraciones de ser cantante. Si bien anteriormente se hacía alusión al carácter casi robótico de una protagonista que servía como mera modelo en relación lo que se le proponía, aquí se despliega el lado más liberador y catártico del filme, que, dada la impotencia presenta en la primera parte, funciona a la perfección como una vía de alivio, en la que por primera vez convergen las emociones contenidas, de manera negativa o positiva, para plasmar un torrente de escenas conmovedoras que llegan justo en el momento adecuado. La combinación de lo liberatorio, a través de varias escenas musicales, con lo catártico del llanto en relación a la apatía crean una atmósfera muy singular, en la que se alternan escenas de un tono diverso en un poco cantidad de metraje, en un continuum causal que el espectador percibe perfectamente y que se presenta de forma tan emotiva como satisfactoria.



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