Crónica D'A 2020: "Las buenas intenciones" infancia interrumpida

Autor: Adrián Sánchez

Crónica D'A 2020: "Las buenas intenciones" infancia interrumpida

Tras pasar por nuestro país en el Festival de San Sebastián, certamen en el cual se alzó con el Premio de la Juventud, “Las buenas intenciones”, ópera prima de Ana García Blaya, llega al D’A con el honor de haberse convertido en una de las sorpresas del panorama latinoamericano del año pasado. Y no es para menos, puesto que su reconocible raíz puramente argenta combinada con tratamiento de un tema tan universal como la vida disfuncional entre padres divorciados desemboca en un proyecto profundamente conmovedor. Este retrato tragicómico de una infancia en tiempos de crisis se puede disfrutar en la sección Transicions del festival D'A.

¿De qué va?

Buenos Aires, principios de los noventa. Una niña de diez años vive alternadamente con sus padres divorciados. Cuando la madre le propone dejar el país junto con sus hermanos en busca de una vida mejor, lejos de la crisis económica y de su despreocupado padre, ella se niega y pone en marcha en plan para quedarse en Argentina  

¿Quién está detrás?

Se trata del largometraje debut de Ana García Blaya, una película cuyo parto ha sido tremendamente duradero. El proyecto nació a partir de la participación de Blaya en un taller de guion en el año 2009. Después de darlo por acabado junto con el taller, en el año 2014, tras la muerte de su padre, decidió desempolvarlo para presentarlo al concurso de Ópera prima del INCAA, en el cual salió victorioso. Es debido a este carácter intimista y azaroso de la preproducción que Blaya se siente incómoda al ser llamada “directora”, aunque sus habilidades detrás de las cámaras demuestren lo con creces.    

¿Quién sale?

Pese a su cota edad y su inexperiencia total, el trio de niños formado por las Carmela Minujín, Ezequiel Fontanela, y la mayor, Amanda Minujin, que lleva a hombros el principal conflicto de la película, ofrece una gran lección de desparpajo interpretativo. Por otra parte, Javier Drolas, conocido principalmente por su papel en “Medianeras”, de Gustavo Taretto, capitanea este equipo interpretando a un padre anclado en la adolescencia.  

¿Qué es?

"Go Get Some Rosemary " de los Sadfie en argentino. El mejor padre desastre del mundo.

¿Qué ofrece?

En el inicio del filme, la directora rompe la transparencia del relato para realizar una dedicatoria muy significativa: “A mi padre. A mi madre”. Desde ese primer momento, el espectador es consciente de lo que está a punto de ver pertenece a una realidad autobiográfica, y que la voz de Blaya en primera persona estará presente durante todo el relato. Esto se evidencia a partir de las grabaciones que aparecen en ciertos momentos, que pertenecen al hecho en el que se basa la película, es decir, la infancia de la directora. Estas cintas caseras, que se intercalan con la ficción a lo largo del film, aunque no pertenezcan a la diégesis, consiguen propulsar un cierto estado de ánimo que impregna la parte narrativa: una especie de nostalgia de un pasado no mostrado, y por lo tanto, no vivido para el espectador, que ayuda a distanciarse de la vertiente ficticia de la película (en tanto pone de relieve su carácter autobiográfico), y, al mismo tiempo, a empatizar completamente con los personajes a los que la narración sigue. Gracias a esto, uno puede sentir la presencia de aquel pasado feliz que la familia tuvo, mostrado a partir de momentos descontextualizados y entrañables, que esconden todos aquellos problemas que llevan a la situación excepcional mostrada en la ficción: la disfuncionalidad a partir del divorcio, la crisis económica de Argentina en los años 90 y el carácter negligente del padre. En ese sentido, el gran talento de Blaya es su asombrosa habilidad al mostrar todo lo que ocurre desde una honestidad pura, sin juzgar a sus personajes, entendiendo cada uno de sus grises para retratarlos de manera poliédrica, para mostrar que, aunque con sus defectos, todos tienen esas “buenas intenciones” a las que el título hace alusión. El resultado es un relato cautivador, lleno de corazón, que mira al pasado como quien repasa con sus padres un álbum de fotos de la infancia.

La tragicomedia cala hondo en el espectador, permitiendo empatizar profundamente, a partir de dos tropos: por un lado, la ya mencionada construcción de personajes y, de otro, la detallada ambientación noventera, plagada de elementos culturales que conmueven por su cercanía. Los partidos de River Plate, las canciones de Los violadores o la polémica versión del Himno nacional argentino por parte del mítico rockero Charly García marcan puntos de anclaje en los comportamientos de la sociedad bonaerense de por aquel entonces. Estos hábitos de consumo funcionan como referencias para cierto sector del público argentino, pero, por encima de eso, ayudan a construir esa máquina del tiempo en la que Blaya nos transporta de manera sumamente natural, sin caer en reiteraciones que puedan llevar a que la ambientación parezca demasiado forzada. Es en este sentido que la película abraza su carácter humilde y se ve beneficiada por ello, dado que, lejos de querer abarcar de manera generalista el drama paterno-filial, aborda esta relación desde los aspectos que la directora conoce de primera mano. Esta dimensión pequeña del filme es lo que la convierte en una gran obra: sin casi intentarlo, entre la emotiva historia familiar y las cintas de vídeo pertenecientes a la realidad, aflora una vivencia de la infancia en la que cualquiera se puede sentir identificado.


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