Crónica D'A 2020: "Habitación 212" los fantasmas de las juventudes pasadas

Autor: Adrián Sánchez

Crónica D'A 2020: "Habitación 212" los fantasmas de las juventudes pasadas

El D'A 2020 ni se cancela ni se aplaza, se queda en casa. Así, desde Filmin, tenemos el honor de acoger uno de los festivales de cine de autor más distinguidos de nuestro país y uno de los más queridos de Barcelona. Y lo hacemos dando el pistoletazo de salida por todo lo alto con “Habitación 212” , la nueva película de Christophe Honoré, cineasta al que el año pasado este mismo festival dedicó una retrospectiva. Sin embargo, "Habitación 212" y “Vivir deprisa, amar despacio”, la película que presentaba entonces, tienen más bien poco que ver. En esta nueva obra, Honoré se quita la losa intimista y sobria que impregnaba su film anterior para presentar una celebración de la nostalgia desde todos sus puntos de vista, una simpatiquísima reversión de la screwball comedy premiada en la sección Un Certain Regard del pasado Festival de Cannes.

¿De qué va?

Una mujer promiscua deja a su marido y se instala en la habitación de hotel donde se conocieron, al otro lado de la calle, desde donde se ve el piso que acaba de abandonar. Allí revisará sus amores pasados y la relación con su marido.

¿Quién está detrás?

El otrora enfant terrible del cine queer francés, Christophe Honoré, regresa a la comedia dramática tras firmar la que quizá fuera su película más cruda y emocionante, “Vivir deprisa, amar despacio”, una historia de amor agridulce en el contexto de la crisis del SIDA. En esta ocasión, Honoré se toma un respiro de gran parte de los temas que caracterizan su filmografía, principalmente enfocada a la lucha LGTBI+, para orquestar esta especie de “Cuento de navidad” en el que los fantasmas del pasado de los personajes reaparecen en medio de su crisis matrimonial.

¿Quién sale?

A juzgar por sus actores principales, esta historia bien podría estar basada en la realidad, dado que Chiara Mastroianni, quien ya ha colaborado con Honoré en diversas ocasiones, y Benjamin Biolay, gran figura de la canción francesa, estuvieron casados a principios de la década de los 2000. ¿Quién mejor que ellos para llevar a la gran pantalla una crisis de pareja? A este tándem de lujo capitaneado por una inmensa Mastroianni que se alzó con el Premio a la Mejor Actriz en Cannes se le suman dos grandes secundarios como Vincent Lacoste, uno de los rostros más frescos y joviales del cine francés actual, y Camille Cottin, estrella de la televisión gala.

¿Qué es?

Una screwball comedy con tintes de Woody Allen revestidos en el dispositivo de “Un cuento de Navidad”, de Charles Dickens.

¿Qué ofrece?

El propio cineasta se encarga de listar en los agradecimientos a Cary Grant e Irene Dunne, los protagonistas de “La pícara puritana”, de Leo McCarey, película que, según ha él mismo declarado, le llevó a darse cuenta de una temática ausente en su filmografía en relación con la de otros grandes directores europeos: la crisis matrimonial. En su ya largo listado de obras, si algo ha demostrado Honoré es que es plenamente consciente de su tradición cinematográfica, de las huellas que sigue como cineasta que cultiva las relaciones amorosas en sus películas. Esta vez, no solo remite a la tradición estilística de la Nouvelle Vague, en la que siempre ha tenido referentes claros como François Truffaut o Jacques Demy, sino que presenta un filme nostálgico en sí mismo, en el que Maria (Chiara Mastroianni) se ve forzada a analizar la relación actual con su marido después de veinte años de matrimonio. Si bien, con esta propuesta, Honoré renuncia a la sobriedad que presentaba en la mencionada “Vivir deprisa, amar despacio”, el dispositivo nostálgico de la película funciona lo suficientemente bien como para atrapar al espectador en una trama juguetona y desenfadada. La introspección que lleva a cabo el personaje de Mastroianni se pone en escena mediante un juego de desdoblamientos, potencialidades, ausencias y presencias de toda una vida. Distintos personajes del pasado del matrimonio (entre los cuales se encuentran los numerosos amantes de ella y la profesora de piano de él, de la cual estaba enamorado) se aparecen en la habitación en un ejercicio de estilo que destila melancolía por doquier. Este paseo de espectros por la habitación de hotel en la que Maria se encuentra remite incluso, si se quiere, al esquema dramático de “El mago de Oz”, puesto que todo el conflicto interno del protagonista se desenvuelve en una digresión claramente expansiva en la que el personaje entra para examinar sus comportamientos. Los espacios alcanzan, de este modo, un fuerte carácter simbólico con respecto a los individuos que los recorren. Esa habitación 212 que da título a la película, alumbrada con tonos cálidos y colores llamativos, se convierte así en ese lugar mágico y propicio para la manifestación de fantasmas, en contraposición con el domicilio conyugal en el que se encuentra el personaje de Biolay, decorado con tonos fríos y grisáceos. Estas premisas concluyen en una contraposición muy lograda entre el lugar en el que ocurre la reflexión y el lugar en el que su marido espera, y presenta con un aire ilusorio y juguetón los estados mentales de ambos protagonistas.

Honoré deja a un lado la ambición de su anterior película para dar paso a la frescura a la hora de abordar el género de la comedia de enredos. El cineasta sabe poner en escena con gran agilidad el encuentro entre los fantasmas pasados y el matrimonio en crisis, además de demostrar un manejo brillante del diálogo entre las dos habitaciones que protagonizan el relato. Referencias más que anecdóticas al mítico “Rosebud” de “Ciudadano Kane” o al embajador de la canción francesa Charles Aznavour, (que cuenta con un documental dedicado a su vida y obra en esta misma edición del festival) ponen la guinda a este pastel de la nostalgia. Un filme que propone la mirada al pasado como mantra tanto a nivel argumental como a nivel estilístico y que funciona perfectamente como lo que propone: un juego onírico tan divertido como conmovedor.



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