Crónica Cannes 2018: "Sorry Angel" a las puertas del cielo

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Cannes 2018: "Sorry Angel" a las puertas del cielo

La incursión de “Sorry Angel” en Sección Oficial a competición bien podríamos interpretarla como un punto y seguido, la continuació a la búsqueda del éxito cosechado por las “120 pulsaciones por minuto” de Robin Campillo, que el pasado año se hicieron con el Gran Premio del Jurado y hoy mismo se estrenan en Filmin. Ambas unidas por una misma radiografía: la del padecimiento del SIDA. Una desde una vertiente mucho más social y reivindicativa, la otra desde un enfoque mucho más personal e íntimo. Christophe Honoré vuelve a pisar la alfombra roja de la Croisette con la que probablemente sea su película más sobria y contenida hasta la fecha. Los Premios César aguardan a la espera.

¿De qué va?

1990. A los 21 años, Arthur es estudiante en Rennes. Su vida cambia por completo cuando conoce a Jacques, un escritor que vive con su hijo en París. Durante un verano, Arthur y Jacques se gustan y se aman. Pero Jacques sabe que tiene que vivir ese amor rápidamente.

¿Quién está detrás?

Es uno de los principales 'enfants terribles' del actual cine francés, estandarte queer cuya polémica condición se ganó a pulso con su retorcido, oscuro y desolador retrato maternal ofrecido de la mano de Isabelle Huppert en "Ma Mére". incestuosa visión que marcó la controvertida senda a seguir de títulos irreverentes y transgresores como fue el caso de "Homme au Bain", más recientemente "Las Bien Amadas" y sobre todo, "Metamorphoses" (2015). No es el caso sin embargo de "Sorry Angel", la que probablemente suponga la película más sólida de toda su carrera, donde sorprendentemente las estridencias y rupturas brillan por su ausencia.

¿Quién sale?

Ellos son Pierre Deladonchamps ("El Desconocido del Lago", "El hijo de Jean”) y Vincent Lacoste ("Hipocrates""Los casos de Victoria"). Dos actores que representan la frescura y el lado deshinibido y jovial del actual cine francés. Tras la aparente insolencia que transmiten sus rostros a través de sus miradas y gestos, en realidad yace un irrefrenable pasión y una profunda sensibilidad.

¿Qué es?

La película que dignifica el padecimiento del SIDA. Algo así como el “Philadelphia” que rodaría Xavier Dolan.

¿Qué ofrece?

Sin presentar grandes alardes, algo nada reprochable, “Vivir deprisa, amar despacio” bien podríamos definirla como un canto a la muerte tanto como un canto de vida, una película donde colidan y conviven la experimentación del primer amor (en el caso de Arthur, personaje interpretado por Vincent Lacoste) y el último amor (en el caso de Jacques, personaje interpretado por Pierre Deladonchamps). La flor de la vida frente al crepúsculo de la misma. Es la irrupción de un mismo sentimiento en etapas vitales completamente opuestas. Una apasionante a su vez que melancólica historia de amor  que se enmarca en el París de los años 90 para directamente abrazar el marco autobiográfico y hablarnos así su director de su propia experiencia de vida. Y es que no por casualidad, Arthur es un estudiante bretón que lee a Jean-Luc Lagarce, escucha a Noir Désir, que vive en permanente contacto con el pánico del Sida y que a los 22 años decide finalmente irse a estudiar a la capital del amor. Es decir, tal y como fue el caso del propio director. Suyos fueron los deseos y temores de toda una generación. 

La confrontación del amor iniciático con el crepuscular es la premisa sobre la que Christophe Honoré dignifica el adiós a la vida a manos del virus del Sida. La vitalidad frente a la depresión y desaparición. Y es que no precisamente por capricho, “Vivir deprisa, amar despacio” es una película muy estilizada, decididamente pop, en la que constantemente reina el color azul. Ese azul que tiene un significado depresivo (es el color que tiñó la etapa más apesadumbrada de Picasso) pero también celestial, ese azul dual que directamente nos evoca el color del cielo y del mar. Aquí no hay lugar a las habituales excentricidades ni a las rompedoras fugas del responsable de "Metamorphoses". Si lo hay, en cambio, al profeso del amor sin ambages, al sentimiento más incondicional y puro. La constante presencia de la nostalgia no dejan lugar a la lágrima. El sufrimiento se expresa y presiente en todo momento a pesar que su padecimiento físico se sitúa siempre fuera de campo. El miedo como principal síntoma, el amor a los placeres de la vida como su único antídoto. Es la crónica de un adiós nada complaciente pero que se siente emocionante y digno, cuyo título original francés lo resume y sintetiza a la perfección: “Plaire, aimer et courir vite”. Lo que vendría a ser: “Gustar, amar y correr deprisa”. Eso mismo



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