Crónica Cannes 2017: “Bárbara” un canto del cisne al cine

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Cannes 2017: “Bárbara” un canto del cisne al cine

Con "Bárbara" Mathieu Amalric vuelve a sentarse en la silla del director para regalarnos una suerte de cruce entre meta-ficción y meta-documental que gira en torno a la célebre cantante francesa Bárbara (1930-1997). Pero que nadie se equivoque, no se trata de un biopic al uso, más bien de la imposibilidad de gestarlo. A cazarlo. 

¿De qué va?

Una actriz se dispone a interpretar a Barbara, el rodaje comenzará dentro de poco. Ella trabaja su personaje, la voz, las canciones, las partituras, los gestos, el vestido, las escenas que debe memorizar, la cosa avanza, crece, la invade incluso. El director también trabaja mediante sus reuniones, los archivos, la música, se deja sumergir, invadir como ella, por ella.

¿Quién está detrás?

Tras deleitarnos con la estupenda “Tourneé”  y construir con sorprendente pulso la reveladora "La Habitación Azul", un impresionista thriller erótico cuya trama no lineal se construye a base de fragmentos, Mathieu Amalric parece haber alcanzado la madurez como cineasta. “Bárbara” es la definitiva prueba de ello.

¿Quién sale?

Mathieu Amalric haciendo de Mathieu Amalric y Jeanne Balibar de Jeanne Balibar, además de Bárbara. Es decir, tal y como ya ha sucedido en “Les Phantomes d’Ismael” de Arnaud Desplechin, o tal y como ya hiciera en “Tournée”, Amalric vuelve a sentarse en la silla del director (ya sea como cineasta o maestro de orquesta), y lo hace tanto ante cámara como tras ella. Y como no podía ser de otra forma, en los tres casos es un director caótico, desbordado y a la deriva. Dicho de otra forma, tres en uno porque al fin y al cabo es él mismo. Jeanne Balibar por tu parte, fusiona dos personajes en uno hasta el punto que hay momentos de la película en la que uno no sabe si es Bárbara o es ella misma debido a un parecido gestual y físico apabullante. Y es aquí donde precisamente yace su principal encanto.

¿Qué es?

Un anti-biopic que se erige en el complemento ideal a “Ne Change Rien”.

¿Qué ofrece?

El cine como un juego. Un juego de máscaras y también de espejos. “Bárbara” es un ejemplo genuino y sublime de metacine, de un gran calado melómano tanto como cinéfilo. Pero también lo es de cómo gestar un homenaje. El homenaje que precisamente Amalric dedica a una cantante mítica y excepcional ya desaparecida, tanto como a una de las cantantes francesas en activo más carismáticas del panorama europeo. Y ambas condensadas en una misma figura que se desdobla. Es por ello que bien podríamos calificar “Bárbara” como un biopic NO al uso en su máxima exponencia. Porque de lo que básicamente trata es de la imposibilidad que tiene el director para gestarlo. Y, en medio de todo ello, un cineasta perdidamente obsesionado y absolutamente desbordado, inmerso en un metajuego que, ante todo, brilla por la capacidad que tiene para romper la cuarta pared de manera imperceptible, prácticamente transparente. 

Y es que son muchas las secuencias en las que uno no tiene claro si lo que ve en pantalla es la propia película que dentro de “Bárbara” se rueda, o la que está viendo desde su butaca. Porque al fin y al acabo ambas se solapan. Si Jeanne Balibar o la propia Bárbara quien está en pantalla deja de tener importancia. Bárbara pasa a ser Jeanne y Jeanne muta en Bárbara. Si a esta excepcional virtud simbiótica sumamos el arrebatador tratamiento cinematográfico sobre el que la nueva película de Amalric se plasma, sobre los múltiples formatos y texturas que presenta, el deleite acaba siendo de traca.


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