Crónica Berlinale 2018: "The Tree" cuadro maestro

Autor: Joan Sala Fuente: Filmin

Crónica Berlinale 2018: "The Tree" cuadro maestro

Presentada en Forum, la que supone de largo la sección más experimental y arriesgada del Festival de Berlín, "The Tree", la nueva película del director portugués André Gil Mata, es una de esas obras que de por si solas dan sentido a nuestra presencia en un festival. Es un cuadro en movimiento, pura poesía pictórica que encumbra el empleo de los 16 mm y probablemente, la mejor película que un servidor habrá disfrutado esta nueva edición de la Berlinale. En resumidas cuentas, lo que definitivamente debería ser un inapelable Oso de Oro.

¿De qué va?

Un hombre, un niño, dos guerras, un río, un árbol. Un anciano y un niño se juntan bajo un árbol a orillas del río y comparten misma memoria y también mismo secreto. Encuentran el uno en el otro la serenidad, el silencio y el tiempo perdido a través del agua que fluye en el río.

¿Quién está detrás?

Después de "Captivity" y "How I fell in love with Eva Ras", "The Tree" supone la tercera película del realizador portugués Andrés Gil Mata cuyas obras sin embargo, ya sean cortos o largos, han sido siempre co-producidos con Bosnia.

¿Quién sale?

Los no profesionales Petar Fradelić, Filip Živanović y Sanja Vrzić

¿Qué es? 

La mejor película que un servidor probablemente habrá visto en toda esta Berlinale. Algo así como Bela Tarr en color y en 16mm.

¿Qué ofrece?

A los impacientes: hora y cuarenta de planos secuencia trabajados en 16mm donde se observa a un niño mirando por la ventana, haciendo fuego y a un anciano cargado de garrafas yendo a por agua a un pozo. Es decir: 100 minutos de mortal aburrimiento. A quienes entienden que el cine es riesgo, una forma artística viva capaz de seguir evolucionando, encontrarán una obra de profundo calado existencial, desoladora belleza  e incuestionable atrevimiento. "The Tree" es pura poesía pictórica, un cuadro en constante movimiento, una obra maestra cuyo destino debe ser el de una sala de cine. Pero más allá de su calado artístico absolutamente hermoso, de su artesanal trabajo de la textura de imagen, de su minucioso concepto del encuadre y milimétrica planificación del movimiento de la cámara, André Gil Mata transgrede desde su hipnótica cadencia la linealidad de su narrativa, rompe la lógica entre espacio y tiempo para acabar enarbolando así un discurso conmovedor acerca de la memoria, de la repetición cíclica de la humanidad en el fluir de la vida sobre una rutina que nunca olvida el caminar del presente hacia la muerte. Lo dicho, esto es lo que debería ser un inapelable Oso de Oro. 

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