Controversia en Atlántida Film Festival: la última réplica (sobre el cine de Karlos Alastruey)

Fuente: Ariel Fernández Verba

Controversia en Atlántida Film Festival: la última réplica (sobre el cine de Karlos Alastruey)

El viaje se cierra aquí. A pocos días de que concluya la 1ª edición del Atlántida Film Festival queremos cerrar la polémica surgida  a raíz de unas críticas firmadas por Ariel Fernández Verba sobre las películas "Lodo" y "La mirada negra" replicadas que el creador de ambos films, el premiado director Karlos Alastruey, publicadas en filmin hace una semana. Hoy es el turno de nuevo de Ariel Fernández Verba quien extiende y amplía su punto de vista acerca de tan particulares obras. Aprovechamos para agradecer a creador y ensayista sus magníficas aportaciones que sin duda engrandecen un poco más este espacio de información y análisis que es el blog de filmin

"Cómo traducir una imagen a palabra"

                                       ¿Es qué realmente todo se puede disgregar en sus partes componentes,
todo se puede calcular?

                                                                                                                Andrei Tarkovski

¿Cómo traducir una imagen a palabra? ¿Cómo hacerlo sin que se pierda un solo matiz en la traducción? Una imagen, además de ser una compleja combinación de formas, colores, profundidades y dimensiones, es una sensación, al fin y al cabo es una sensación, y es a partir de esa sensación localizada desde donde emprendo mi búsqueda de las palabras que mejor la evoquen. Aquí se escribe sobre cine, no se critica. Y si para lograr tal objetivo debo apartarme de un lenguaje más culto o académico, lo haré, y si para ello debe desaparecer ese estéril coqueteo con la objetividad, lo haré, pero lo que no entra en mis planes es tirar flores o piedras de forma gratuita.

Agradezco el esfuerzo del señor Karlos Alastruey por molestarse en explicar todos los motivos y las condiciones y las intenciones y las condecoraciones que surgieron en torno a sus películas, pero nada de esto puede afectar mi experiencia como espectador.

Evidentemente, yo no sé si el trabajo previo a la película fue de siete meses o dos días, yo no sé cómo se trabajó con los actores o cuáles fueron las condiciones desde las que se fue gestando el rodaje, tampoco sé si lo suyo es cine guerrilla, improvisación o churros, lo que digo no es la verdad consumada sino sólo lo que me sugiere el resultado de un trabajo, que es, en definitiva, lo que une al artista con el público. Porque yo hablo desde el resultado final, desde la película que transcurre ante mis ojos que es el lugar donde todo aquello que Karlos Alastruey remarca en su artículo debe verse sin necesidad de aclaraciones posteriores. Si una película debe ser explicada, es que por sí sola no lo consigue. En mis textos no explico las películas. En mis textos busco plasmar por medio de la escritura la sensación que esas mismas imágenes generan en mí.

Para la construcción de los textos no me interesa el cuadriculado análisis de guión ni la descripción minuciosa de un plano, no me importa decir “miles” cuando quizás no lo sean pero me parecen demasiados, no me importan los pocos o muchos premios y tampoco necesito justificar ninguna sensación sino sólo describirla, ya que es en este ejercicio donde, en paralelo a las intenciones anteriormente mencionadas, la palabra aporta nuevas miradas, coartando la dependencia que estas podrían tener cuando el estimulo que las origina es una imagen.

Estoy de acuerdo en que un cineasta utilice su arte para encontrar, plasmar y compartir su andar por este mundo, de hecho, esta inclinación no sólo corresponde al gremio de cineastas sino a todos aquellos que desean proyectar su interior con las herramientas más fieles para tal fin, y en el caso del trabajo del señor Karlos Alastruey es evidente que su cine funciona como catalizador de un bagaje personal, como en mi caso los textos aquí publicados, lo que no comparto es la caligrafía, lo que no comparto es esa manera de ver el cine, ese entender a Víctor Erice, a Julio Medem, y esa forma de emular a Andrei Tarkovski. Conocer la mirada de Karlos Alastruey también ha definido mi propio bagaje, y por ello respeto su trabajo más allá de los gustos. En efecto, como dijo el escritor Thomas Bernhard y ya señalé una vez, “Todavía hoy existen profesores igualmente buenos o igualmente malos, sólo de los alumnos depende aprovecharse de esos profesores para sus fines con una falta de escrúpulos máxima. Ni siquiera depende de la calidad de nuestros profesores, depende de nosotros mismos, porque, en definitiva, también malos profesores han producido una y otra vez genios”. (“El malogrado”, Ed. Alfaguara, Madrid, 1983).

He visto “Lodo” de principio a fin, he visto “La mirada oscura” de principio a fin, he visto también otros trabajos del mismo director y he leído entrevistas y fichas técnicas. Todo, de principio a fin. Los pocos datos que aparecen en mi texto están todos contrastados y ninguno de ellos es producto de mi malintencionada imaginación o torcido estado de ánimo.

Los elementos de la imagen en que me detengo para la construcción del texto pueden ser detalles de poca importancia a ojos de terceros, pueden ser trivialidades o de una relevancia transversal, pero son los que pautaron mi camino hacia el tono final con el que escribí dicho texto. En “Lodo” me llama la atención una escena en que una chica llora en un bar con piano triste de fondo al tiempo que se zampa un bollo. El bollo para mi sobraba. Luego leo los motivos y resulta que ese elemento es premeditado, pero para mí seguirá sobrando ¿Se imaginan a Humphrey Bogart en la pista de aterrizaje, justo después del último adiós a Ingrid Bergman, comiéndose una magdalena? Algo no cuadra.

Aclara el cineasta que lo que para mí es una “conversación barata de madre” en “La mirada oscura”, en verdad fue un momento tremendamente emotivo ya que lo que la actriz dice es verdad. Pero no nos olvidemos que lo que se está haciendo es cine, y en cine las profundidades son otras muy distintas a las de la vida real, es decir, es muy diferente escuchar hablar de una violación en una película y escucharlo en la cola del supermercado. Para quienes participaron de ese rodaje, la verdad de la actriz tuvo una repercusión vital, sin duda, pero para los espectadores, sólo una repercusión cinematográfica.

Dice el cineasta en su artículo que si tan necesitado ando de poesía cuando veo sus películas ¿Por qué no hablo de la escena en que la protagonista de “La mirada negra” “recoge en su regazo una gaviota herida” o cuando “una ola alcanza a Aitor y Lea sellando definitivamente su ruptura”o más aún, cuando la hermana pequeña de Angela la coge del brazo tras la violación al tiempo en que el sol se oculta tras el horizonte”? Pues no hago ninguna mención a dichas escenas porque para mí no tienen nada de poesía, lo cual no debería escandalizar a nadie ya que si existe algo que corre por nuestra propia cuenta es la poesía y lo que creemos que es poético. Evidentemente, no hemos leído los mismos libros.

Cuando digo que determinadas escenas de sus películas me causan gracia no siendo esta reacción la deseada por el director, me gustaría remarcar que el problema no es la risa, sino el carácter desviado de la reacción. Para llevar al espectador a un estado concreto del pensamiento y del alma no sólo es suficiente con los elementos que conforman la imagen, los cuerpos y las palabras, hace falta también una atmosfera consolidada, que se va desarrollando con el paso de la película, una constelación de giros y sensaciones comunes que hacen al cuerpo de la historia que se cuenta, como el olor del interior de una casa hace en nuestra memoria a la casa. Un claro exponente de este ejercicio es el ya mencionado Andrei Tarkovski, cuya musculatura narrativa y peso escénico se orientan, en primera instancia, a generar una atmosfera concreta, y ya dentro de ella, todo suceso, toda palabra, puede estar perfectamente justificado. “(…) Todos los elementos se interpelarán unos a otros y la atmosfera aparecerá como un resultado, o una consecuencia de haber sido capaz de focalizar el centro de interés” (“Stalker”, Antonio Mengs, Ed.RIALP, Madrid, 2004). Es por la ausencia de una consolidada atmosfera como esta por lo que creo que el cine de Andrei Tarkovski esta tan lejos de “Lodo” y “La mirada oscura” como, según el señor Karlos Alastruey, el cine de Alejandro Amenábar. 

Para finalizar, aunque bien podría seguir matizando cada palabra del objeto detonante hasta la saciedad, me gustaría invitar al señor Karlos Alastruey y seguidores, a leer otros textos que también he publicado en Filmin, con el fin de hacerse una visión un poco más global de lo que son mis gustos y mis disgustos, y de alguna forma también entender, que no compartir, el estilo con el cual pienso que soy más fiel a lo que siento. Este, naturalmente, no va a agradar a todos, pero lo que sí es claro es que parte de una idea horizontal de la opinión, una opinión que no se coloca por encima de unas y debajo de otras, aquí no hay estúpidos, aquí hay intenciones diferentes, y para mí es tan importante la opinión que tengan sobre mi trabajo un director de cine como mi madre, es igual de enriquecedor las palabras de un jurado como las discusiones de taberna, la rigurosidad académica como el margen poético, y en todo caso, el constante esfuerzo por no caer en modelos pre-establecidos de opinión, modelos de crítica si se quiere, incluso modelos de hablar, entender y sentir el cine.

Sin duda alguna, visto lo visto, he atrapado con mi texto las sensaciones que me generó el cine de dicho director y pido disculpas si he ofendido otras sensibilidades. 

 

                                                                                                                                  Ariel Fernández Verba

 

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