"Las hermanas de la Magdalena", notas del director Peter Mullan
La principal fuerza de la película son los personajes, todos los personajes. No solamente las muchachas de la casa de la Magdalena, sino los padres, las madres, los hermanos, las hermanas. Cada rostro es importante porque en cierto modo todos son víctimas, parte de una sociedad que sofoca más que nutre el espíritu humano, que limita más que refuerza el desarrollo individual y de la comunidad.
Caracterización
Todos los estados teocráticos, cristianos o no, actúan atacando al espíritu humano, haciéndolo inevitablemente artificial. En la película hay dos ejemplos: el violador y el padre de Una. El joven que al principio viola a su prima no es un psicópata, tiene un rostro fresco y limpio y, por razones que sólo él sabe, viola a su prima: un miembro de su familia con la que ha crecido, jugado y a la que tiene cariño. El motivo por el que no sabemos por qué lo hace es porque él mismo no sabe qué lo ha impulsado. El actor que convence a Margaret para que lo siga, que intenta tener una relación sexual con ella, tenía que ser capaz de imprimir en el personaje toda la confusión de este chico, confusión que se transforma de improviso en la forma más brutal de abuso. Su instinto sexual natural, como en el caso de su padre, de sus tíos, de sus curas, han sido reprimidos hasta tal punto que, cuando afloran por un instante, son retorcidos, violentos y perversos.
Lo mismo vale para el padre de Una. El actor debía transmitir una contradicción desgarradora, una contradicción que lo impulsa a castigar, abandonar y recluir a la hija a la que quiere más que a nada en el mundo. Como ella, también es preso del sistema y es importante que el público también se dé cuenta de su sufrimiento, y no sólo del de Una.
Otra contradicción que hay que subrayar es la utilización de cierto vocabulario religioso por parte de los curas y de las monjas, que más bien hablan como pequeños empresarios. Su lenguaje, aun enriquecido con términos bíblicos, sigue siendo el lenguaje de los negocios, y, por consiguiente, tenía que ser más tajante; tenía que ser rápido, cortante y, de una forma extraña y fría, divertido. Incluso aunque sólo ellos se consideren graciosos. Siempre es muy peligroso anticipar o predecir lo que al público le parecerá divertido de una película, pero de verdad que espero hacer sonreír a los espectadores con la escena en que el cura rueda su película en súper 8 y les pide a las monjas que sean naturales. Con todo lo que se ha visto hasta ese momento, los actores, a través de movimientos ridículos del rostro y del cuerpo, satirizan una de las especies menos naturales de la Tierra.
Todos los actores que interpretan a las monjas y a los curas han sido alentados para que hagan sus papeles siguiendo su propia personalidad, de acuerdo con el guión, evitando interpretar al típico cura o monja irlandeses. Tomemos un ejemplo: la escena en la que la hermana Clementine humilla los cuerpos desnudos de las chicas. La actriz tenía que ser capaz de convencer de que su personaje se cree de verdad que está disfrutando con una diversión inocente y que está divirtiendo a las muchachas víctimas del escarnio. Quizá nosotros no la veamos de esta forma pero ella sí, y la actriz debía tener la valentía suficiente para transmitir esta sensación. En otras palabras, lo que hace la hermana Clementine es terrible, pero no debe interpretarse como si lo fuese. Hace poco vi en un informativo una entrevista a un hombre viejo, que contaba abiertamente cómo abusó de su hija cuando ésta tenía diez años. Lo que me dio escalofríos fue su forma de hablar de ello. Parecía estar describiendo lo que había hecho durante las vacaciones. Si yo hubiera transcrito sus palabras y luego hubiera entregado ese texto a un actor, nueve de diez interpretaciones habrían estado llenas de tics y comportamientos extraños. La diferencia con este pervertido es que él no sabe que lo es. Y no trata de esconderlo, realmente cree que no ha hecho nada malo. Esto es lo que me aterra. Ésta es la auténtica trivialidad del mal, y también es una de las claves para todos los actores de esta película.
El estilo de rodar
Al igual que los actores no debían juzgar a sus personajes, la cámara tampoco debía hacerlo. No quería que favoreciera o perjudicara a un determinado personaje: las muchachas con encuadres a plena luz, las monjas en una sombra tenebrosa, o cosas por el estilo. Quería que la filmación fuera ruda y segura. Ruda en el sentido de que iba a utilizar la cámara en mano y que se pusiera énfasis en el personaje y no en la composición de la imagen. Sin embargo, esto no significa que sea una película documental. Simplemente, de esta forma, los actores eran libres de desarrollar la escena sin la rigidez creada por la cámara y todo lo demás. Y esto me permitía captar las imágenes en el momento mismo en que se creaban. Y segura en el sentido de que no quiero tener la cámara alrededor si no existe una razón concreta. Si una escena requiere un momento absolutamente inmóvil con pequeños cortes, hay que hacerla así. Si, por el contrario, ese momento necesita una toma en gran angular o un primerísimo plano, la cámara responderá a tales exigencias. Este tipo de cosas sólo puedo decidirlas sobre la marcha; lo importante es que tanto nosotros como los actores dispongamos de los medios para explorar de acuerdo con nuestra sensibilidad.
En mi opinión, la inmediatez de esta técnica es fundamental para evitar la lentitud, para evitar el encasillamiento como “película basada en una historia verdadera”, ese tipo de película sentimental y conmovedora. Lo que yo quería es que el público se sintiera emocional y físicamente lo más cercano posible a las muchachas. Para ello había que resaltar con detalle el ambiente físico que las rodea: el jabón, el vaso de agua, la ropa, el trozo de pan, la llave. Es un mundo reducido a una estricta y desnuda esencialidad. Y es precisamente en este mundo higiénico y vacío en el que las muchachas intentan sobrevivir física, emotiva y espiritualmente.