"Folladores de basura" llenan de polémica Gijón

Fuente: Festival de Gijón

Después de vivir una jornada tan agradecidamente inclasificable como la de ayer, encaramos un nuevo día a la espera de seguir descubriendo sorprendentes nuevas miradas como las que Gijón siempre ofrece. Hoy con “Morphia” de Aleksei Balabanov jugábamos sobre seguro, y con “Unmade beds” de Alexis Dos Santos, sabíamos lo que podíamos esperar de ella tras el éxito obtenido en Sundance. Aún y así, las otras dos opciones tenían todas las papeletas para seguir el guión de ayer. Por un lado “Frontier blues” de Babak Jalali y por el otro “Trash Humpers” (en castellano “Folladores de basura”) de Harmony Korine. Y obviamente, no se quedaron atrás.

Rodado en un sufrido formato digital, “Frontier blues” se erige como un singular e impasible retrato de la vida de un pueblo en el que nunca pasa nada en la frontera entre Irán y Turkmenistan. Hassan que siempre va acompañado de su burro, su tío que tiene una tienda de ropa vacía y sin clientela, Alam que aprende inglés porque quiere pedirle el matrimonio a su amada y escapar del poblado, y un padre de familia cuya esposa huyó y vive con sus 5 hijos menores. Paralelo a todos ellos, se encuentra un fotógrafo que ha ido a realizar un reportaje fotográfico de la vida de los turcomanos pero que no tiene que fotografiar porque no pasa nada. Este personaje se erige así en el epicentro del film, ya que sin ser el protagonista (por que no lo hay) es quien nos transmite el significado de la película intentando retratar una actividad donde no la hay. De esta forma, la película de Babak Jalali nos muestra personajes que suspendidos en el tiempo destilan lacónica ironía y protagonizan peculiares y surrealistas situaciones sin acción, y es ahí donde está la gracia. A medio camino entre la comedia y el drama “Frontier blues” resulta agradecida debido a sus pocas pretensiones, a sus curiosos personajes y a una música hipnótica que acentúa el conflicto tanto espacial como existencial del poblado turcomano.

Y siguiendo con los formatos, del digital pasamos directamente al VHS, si, han leído bien, al VHS, para visionar a la familia de Harmony Korine follando con basura, si también han leído bien, basura. En “Trash Humpers” Korine nos presenta unos estrafalarios personajes (interpretados por él y su propia familia) que ataviados con una especie de máscaras que remiten directamente al “Mal Gusto” de Peter Jackson protagonizan una especie de viñetas repulsivas en las que les vemos intentando follar con basureros, contenedores o árboles. Realizando extravagantes rituales escatológicos, convierten en un vertedero su ansiado mundo “ideal” y sin ningún rigor narrativo, Harmony Korine voluntariamente convierte su film en una “película basura” impregnada de premeditada suciedad en todos los sentidos. Para ello, acertadamente utiliza un formato VHS en el que se aprecian todos los míticos problemas de imagen que provocaba (”tracking incluído”). Con un único referente posible como es “Pink Flamingos” de John Waters, “Trash Humpers” aspira a convertirse en inclasificable (nunca mejor dicho) pieza de culto, ya que por supuesto, olvídense de verla en salas comerciales.

Tras el éxito obtenido en Sundance, Alexis Dos Santos presentaba “Unmade beds” en la sección Enfants Terribles. El realizador argentino abandona el paisaje desértico de “Glue” (su curiosa y radical ópera prima) para viajar a la urbe de Londres y rodar su segundo largometraje bajo producción británica. Curiosamente, su filmografía toma el mismo rumbo que su vida personal, ya que nacido y criado en la Patagonia argentina , lleva años residiendo en Europa (primero Barcelona y actualmente Londres), donde ha sido formado profesionalmente. Bajo estas premis, Dos Santos construye un film fresco, espontáneo y ligero que con cierto contenido autobiográfico retrata a sus protagonistas en una etapa posadolescente en la que impera la efervescencia del momento y donde la inconsciente búsqueda de uno mismo es el motor principal de la acción, remitiendo directamente a esas camas desechas de las que nos habla el título, ya que en la película (como en la vida real de la juventud en las grandes ciudades) las relaciones entre los personajes van y vienen, aparecen y desaparecen. Así se nos presentan dos historias protagonizadas por expatriados de tránsito por Londres, ciudad cosmopolita por excelencia en la que proliferan las fiestas nocturnas y los encuentros fortuitos Mientras, Vera, dolida por una reciente relación malograda se muestra a la deriva sin motivación alguna por sentir otra vez el amor, Axl llega directo desde España dispuesto a llevar a cabo una cruzada personal que le reúna de nuevo con el padre que le abandonó. Ambos personajes acabarán recalando en un buen número de habitaciones distintas haciendo multitud de nuevas y efímeras amistades. Con una evocación directa a la casa de locos de Cedric Kaplisch, “Unmade beds” se diferencia por un trasfondo más dramático que la dota de un mayor interés.

“Morphia” por su lado es la última película de Balabanov y narra la historia de un joven médico que, en 1917, en pleno período de la revolución, llega de la ciudad al árido mundo rural. En su primera noche de intervenciones, el doctor se prescribe una pequeña dosis de morfina para pasar los nervios: una medida circunstancial que terminará convirtiéndose en toda una adicción. Sórdida y tétrica, pero ante todo desoladora, “Morphia” vuelve a poner a su disposición el crudo realismo tan característico en Balabanov para reconstruir con absoluto rigor el cuerpo enfermo y decadente, mostrando los partos y amputaciones tal y como se trataban a principios del siglo XX. Argumento y personaje que funcionan perfectamente como metáfora de un país que, debido a la corrupción sufrida a todos los niveles, se ha visto abocada a una apabullante decadencia, precisamente al igual que su protagonista. Presente también en el pasado festival de Sitges, es otra gran película más del genio ruso que al igual que el resto de su obra, pide a gritos su distribución en España.

 

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